INTERFERENCIAS | O |

30 ene 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

OCURRIÓ lo peor, que la 20ª edición de los Goya fue un coñazo. Cuatro insufribles horas para confirmar aquello de «Academia, tenemos un problema». Serio. De imagen. Que lo solucionen o el invento se va a tomar viento. Cierto que el cumpleaños añadió un lastre quizá innecesario. Rememorar a todas las ganadoras y rescatar secuencias de viejas películas de Fernán-Gómez, sumaron minutos que tendrían mejor colocación en, por ejemplo, uno de esos especiales que tanto gustan a TVE. Si añadimos el vicio incorregible de que salgan cinco tíos a por su Goya y todos exijan su minuto de gloria, acabó en una maratón muy complicada de asumir considerando que gran parte de los espectadores curramos y no estamos exentos del madrugón del lunes. No extraña que la audiencia cayera en picado, paradójicamente a medida que la gala iba hacia el climax final, la película ganadora. Sin dudar ni de la profesionalidad ni de la mejor voluntad de Fernando Méndez-Leite para intentar mejorar el invento, con dos horitas, menos vídeos, restringir el acceso al escenario y alguna cosilla más, los Goya levantarían el ánimo al potencial consumidor de cine propio. Muy sincero el fotógrafo Linares cuando al recoger su premio reconoció que su mamá ya se había acostado una hora antes¿ Los Goya envejecen mientras el cine español goza de una vitalidad que su fiesta anual ignora.