El pianista brasileño, casi un mito para los aficionados, afronta esta noche en A Coruña el Segundo concierto de Brahms con la Orquesta Sinfónica de Galicia.
02 nov 2005 . Actualizado a las 06:00 h.«El pianista de los pianistas», así es como se conoce a Nelson Freire (Brasil, 1944) en los ambientes musicales. Su carácter reservado, su humildad, su desinterés hacia el márketing o aquello que lo distraiga de lo esencial para él, la música, lo han alejado del estrellato fácil, al que estaría naturalmente destinado por su inmenso talento. Sin embargo, todo aquel que sabe lo que se cuece en el mundo de la interpretación pianística sitúa a este discípulo de Nise Obino, alumna a su vez de un pupilo de Franz Listz, entre los escogidos; quizá uno de los últimos representantes de la gran tradición pianística romántica. Esta tarde (20.30 horas), en el Palacio de la Ópera coruñés, será el principal protagonista de una nueva cita con la Sinfónica de Galicia. En sus dedos, una de las joyas absolutas del repertorio, el Concierto nº2 de Brahms , que próximamente grabará en cedé junto a la Orquesta de la Gewandhaus de Leipzig, bajo la experta batuta de Riccardo Chailly. -En el 2003 se dio a conocer un documental sobre Nelson Freire que tuvo mucho éxito en los cines brasileños. Su director, Joaô Moreira Salles, que trabajó en el mismo durante dos años, ha explicado que sólo durante el último día de filmación el pianista accedió a hablar a la cámara. ¿Por qué esa reticencia a explicarse, a conceder entrevistas, que le ha llevado a huirle incluso a «The New York Times»? -Me gusta hablar pero no me gusta tener que responder. En el documental de Salles no tenía escapatoria, así que.... Salir fuera de mí para explicarme a mí mismo me resulta algo antinatural, y no me siento cómodo. -De pequeño, usted tuvo una salud frágil, lo que no le impidió debutar en público con apenas cuatro años. ¿El encuentro con el instrumento supuso un alivio? -Sí, podría decirse que el descubrimiento del piano me ayudó a crear un mundo de ilusión. Me hacía muy feliz, era el único momento en que me separaba de la realidad cotidiana, de mis problemas de salud, mis alergias y esas cosas. -¿Y aún hoy sigue conservando esa misma ilusión? -Sí, no puedo vivir sin la música. La carrera es otra cosa, la hago porque es mi modo de vida, pero eso de tener que exponerse al público a una hora concreta, teniendo que dar el máximo, para mí, representa todo lo contrario de lo que la música debería ser. La esencia de la música es la naturalidad. -Cada vez hay más pianistas, más jóvenes y con una técnica asombrosa. Sin embargo, la mayoría tocan igual, ¿no le parece? -Vivimos una época en la que la tecnología lo pone todo al alcance de la mano. Este pañuelo (señala un kleenex ) puede que sea práctico, pero antes era de seda, ¿me entiendes? Se ha perdido el encanto de descubrir cosas. Todo está cada vez más estereotipado, ocurre en el música y también en el cine. -Arrau, Bolet, Novaes, usted mismo... Latinoamérica ha dado muy buenos pianistas. ¿Cree que se podría hablar de una escuela, con características comunes? -Sí, la hay, pero no me gustaría tener que ser yo quien la defina. Aún así reconozco que en los países latinos hay un calor humano especial que se transmite a la hora de interpretar.