Memoria de la mujer emigrante

Esperanza Suárez CORRESPONSAL | PARÍS

TELEVISIÓN

Laura Oso, profesora de la Universidade da Coruña, presentó ayer en París su estudio sobre el trabajo femenino en la capital

11 abr 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

Españolas en París es una investigación que recupera la memoria de la mujer emigrante de los años 60, la que llegaba a la capital francesa para servir y ahorrar así unos durillos. Ahora que los tiempos han cambiado y son las mujeres africanas y latinoamericanas las que toman el relevo, la socióloga Laura Oso Casas concluye su estudio con un «hay que tomar nota» que nos ayude a no caer en los mismos errores, ahora que somos nosotros el destino de la emigración. La profesora de Sociología de la Universidade da Coruña presentó ayer su libro en el Instituto Cervantes de París ante un público en el que destacaban muchas de las cincuenta mujeres que le contaron su vida para que pudiera escribirlo. En realidad, cuarenta años después, el libro es la segunda parte de la película del mismo título en la que una jovencísima Ana Belén acababa integrándose en la sociedad francesa tras quedarse embarazada. Pero no fue el caso de la mayoría. Desde el franquismo se fomentaba el «emigrar para ahorrar para volver» y la mayoría de las 194.605 mujeres españolas que vivían en la capital francesa en 1962 era a todo lo que aspiraban. «Algunas valoran negativamente el proceso», y, para Laura Oso, el motivo es que tanto sufrimiento no merecía la pena: «España estaba en plena fase de desarrollo y la gente que dejaron atrás en sus pueblos también salió adelante». Vivían en buhardillas, trabajaban todo el día y no gastaban. «Llevo 30 años aquí y sólo he ido una vez al cine», cuenta una de estas mujeres. Querían volver enseguida, pero los hijos iban al colegio y eso retrasaba los planes. Luego, cuando se daban cuenta ya estaban aquí los nietos y el retorno suponía renunciar a la familia. Laura Oso reivindica el papel de esas mujeres. «Sólo hay estudios sobre la emigración masculina; las mujeres son invisibles». Muchas vinieron respondiendo a la demanda de servicio domestico de las clases adineradas de la capital. Llegaron solas y luego se trajeron a la familia. Con suerte, les daban una portería en la que compaginar el trabajo y la educación de los hijos. Las que estudiaron francés se integraron mejor. El idioma era la primera prueba y la socióloga ha recogido un buen puñado de anécdotas. Como la de la pobre mujer que a la hora del postre sacó el gato (vivo y atado) en bandeja de plata porque sus patrones le habían pedido «gâteau», pastel. O la de otra enferma de gripe que casi se muere de diarrea al tomar el remedio que le dio su jefa cuando le dijo que estaba «constipé», que en realidad significa estreñido.