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31 mar 2005 . Actualizado a las 07:00 h.DE UNOS días para acá, las imágenes del Papa y las de Rainiero de Mónaco son recurrentes en los informativos, con el segundo asomando también a los contenidos del corazón. Ambos, octogenarios de salud quebrada sin derecho a la intimidad por tratarse de hombres públicos. Su deterioro, que en Juan Pablo II adquiere tintes dramáticos, se sigue día a día en base a un único criterio que en apariencia no admite reproche: el deber de informar por parte de las teles y el derecho a la información por parte de la audiencia. Sin embargo todo tiene un límite y en apariencia, todos y cada uno se lo están cargando con generosidad. Que el Papa quiera dar la bendición y de su boca salgan sonidos guturales da grima y por mucho que responda a un sacrificio personal, es inhumano. Su entorno debiera impedírselo y las televisiones no estar al acecho. Sería el mismo domingo cuando la corresponsal de La Primera en Mónaco, narraba la inquietud en el Principado sobre la salud de Rainiero. Como si tal cosa, anotó que ya las autoridades procedían a inspeccionar el recorrido por donde pasarían los mandatarios que asistan al funeral. Brutos. Se sabe que las teles ya bucean en sus archivos preparando especiales para cuando acontezcan sendos óbitos. Como las necrológicas ya dispuestas en los periódicos. Pero al menos eso no trasciende. En la tele, tufa.