Capítulo/Semana X En que nuestros héroes andan ufanos por haber derrotado a los vascos, pero pasar, lo que se dice pasar, no pasa nada.
06 mar 2005 . Actualizado a las 06:00 h.Salientes del capítulo anterior van don Quijote y Sancho más contentos que unas pascuas, el uno por haber vencido al insolente vizcaíno y el otro porque creía que de aquella aventura podría sacar una ínsula entera sólo para él. Así se postró ante su señor y le rogó el regalo, pero don Quijote aclaró rápidamente la situación: hay aventuras de ínsulas y hay aventuras de encrucijadas. Ésta, como sospechará el amable lector, era de encrucijadas. En el conflicto vasco, de ínsulas, por el momento, nada de nada. Se resigna el escudero y se ofrece a curar la herida que a su amo había hecho el vizcaíno, a lo que accede don Quijote lamentándose de no tener consigo algún frasco del bálsamo de Fierabrás, que todo lo cura con unas gotas. ¿Qué digo cura? Según el caballero, si en una batalla, Dios no lo quiera, de un mandoble un enemigo lo corta de arriba abajo en dos mitades -¡Italo Calvino, te hemos descubierto!- nada más fácil que juntar las partes y untando ambas con el aceite (o tal vez bebiendo un par de tragos), se vuelven a pegar, y aquí no ha pasado nada. Sancho el espabilado, ante esto, cambia su ínsula por el bálsamo, que vendiendo a dos reales la onza, ya ha calculado los beneficios del negocio. (Bueno, lo cierto es que no lo tiene muy claro, si ínsula, si bálsamo. Creo que preferiría los dos). Al poco ve don Quijote su celada rota por la batalla, y se coge un cabreo impresionante, queriendo volver para rematar a su contrincante, a lo que Sancho lo calma recordando que ya el hombre paga la derrota con su pleitesía a la dama del Toboso. Vale, está bien, lo vamos a dejar. Pero al primero que me cruce le quito su yelmo como si fuera el de Mambrino¿ Así, esperando que pase un incauto al que dejar desyelmado, saca Sancho queso, pan y cebolla y le ofrece a su jefe con remilgos, pues no cree que sea ésta comida de caballeros. Pero de nuevo don Quijote se ve obligado a explicarle cómo son las cosas de la caballería, que se ve que no hay persona más inculta que el escudero. Los caballeros, andando como andaban sin cocinero que cocinase, estaban acostumbrados no sólo a comer viandas rústicas, sino también a pasar sin ellas, aunque claro queda que un caballero, como cualquier otro ser humano, no puede pasar sin comer y sin hacer todos los otros menesteres naturales. Y así, entre unas cosas y otras, se zamparon rápidamente la escasa cena y volvieron a montar apresurando el paso para llegar a poblado antes de que anocheciera, pero se ve que no fueron suficientemente veloces o que el pueblo estaba demasiado lejos, porque la noche los sorprendió junto a las chozas de unos cabreros, y allí decidieron dormirla a cielo descubierto. Y este que escribe les desea un buen descanso y se despide hasta el capítulo que viene.