Una de cal y otra de arena

César Wonenburger REDACCIÓN

TELEVISIÓN

Sólo un pero a la aparición de la OSG en estas fiestas, y fue la presencia del tenor Jung-Pyll Ryu, una voz todavía por hacer

25 dic 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

En estos conciertos concebidos para el común disfrute del gran público, sin complejos -que no todos los días se va a programar la monumental «Octava» de Bruckner-, y desesperación de esos puristas que ignoran, por ejemplo, que Celibidache tenía entre sus preferencias la suite del «Cascanueces», puede haber cabida para todo; desde la ópera a la música de los Strauss, pasando por los grandes «hits» del repertorio orquestal, como el «Bolero» de Ravel, que siendo música del siglo XX goza de una popularidad capaz de haber inspirado al mismísimo Cantinflas. Lo que ocurre es que cuando se mezcla tanto, a veces no todos los ingredientes resultan de la misma calidad. Ahora ha pasado. No se entiende muy bien qué hacía un tenor tan irregular como el desconocido Jung-Pyll Ryu cantando junto a la Sinfónica, que si por algo se caracteriza es por colaborar siempre con voces importantes. La actuación del coreano deslució la primera parte, donde la orquesta estuvo espléndida en sus actuaciones en solitario, desde una obertura de La forza plena de brío verdiano hasta las idiomáticas polcas de Strauss. Incluso en el E lucevan le stelle de Cavaradossi, el mayor lucimiento fue para el clarinetista, Juan Ferrer. Poseedor de una técnica deficiente, el canto del tenor resulta destemplado; su expresión, monocorde. Todo en él está aún por hacerse: su fraseo dista mucho de la naturalidad y elegancia, los agudos suenan apretados, la voz no corre... Todo lo contrario del director Vasily Petrenko. A sus 28 años, el joven ruso se muestra en posesión de una increíble madurez, que le permite abordar distintos repertorios con seguridad, aplomo y brillantez. Elegante y expresivo, con el Bolero, una obra que ha conseguido sacarle los colores a orquestas importantes -recuérdese el bochornoso espectáculo de la Filarmónica de Viena, nada menos, con esta misma partitura, hace unos años, en Madrid- logró una interpretación de medida y eficaz tensión, con dosificaciones muy bien logradas, en la que el virtuosismo del conjunto dio paso a un trabajo colectivo de gran fascinación. La Sinfónica fue ese instrumento dúctil que transita con descaro por los más diferentes estilos e idiomas, acertando siempre con el acento preciso. Buen concierto, salvo por el lunar ya mencionado.