El autor barcelonés aterrizó ayer en A Coruña esperando ver la lluvia, pero sólo encontró el suelo mojado. En una charla en la Diputación explicó después que puede ser el inicio de un relato
11 nov 2004 . Actualizado a las 06:00 h.Tiene fama de raro, de excéntrico, y llegó a creérselo él mismo. Ahora Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) dice que lo único raro son las cosas que le pasan. Una ventaja, ya que, como asegura, no necesita modificar la realidad para escribir. -¿Todo lo que escribe es verdad? -Los libros se escriben para hacerse pasar por otros. En mi caso, yo soy un personaje de mis libros. -¿Le abruma que su intimidad quede a la vista del público? -Publiqué mis obras sin reparar en ese problema. -Usted mismo dijo que con la escritura se renuncia a una parte de la vida. -La tercera parte de la vida la pasamos durmiendo y no creo que eso sea renunciar a ella. La vida verdadera es decepcionante y dentro de la escritura se está bien. -En sus libros se convirtió en un «bartleby» (gente que deja de escribir) y sufrió el mal de Montano (enganchado a la escritura). ¿En qué fase está ahora? -Mi último personaje tiene la necesidad de desaparecer como escritor. Está citado con Bernardo Atxaga en Sevilla un 20 de diciembre, pero nunca llega a la conferencia. Al salir del tren, la persona que va delante se identifica como él. Es su oportunidad para desaparecer. -¿Habla de la soledad? -Mi narrador lleva once días desaparecido y no se entera nadie, por lo que acaba convirtiéndose en un problema de soledad. -¿Es buen observador? -Creo que existe un paralelismo entre los escritores y los espías, como en Extraña forma de vida . De hecho, las calles están llenas de escritores que espían. Es algo que yo suelo hacer, sentado en los hoteles extranjeros. -¿Se inspira en los pequeños detalles? -He escrito 18 libros y no sé en qué me inspiro. Todo puede ser materia literaria. Quizás la inspiración llega trabajando. El miércoles, en Barcelona, estuve cenando en un restaurante en el que el camarero es gallego. Cuando le dije que venía a A Coruña se echó a llorar, por la morriña. Mientras, un amigo chileno me contaba que los gallegos suelen disculparse de que en Galicia siempre llueva. Al salir del restaurante empezó a caer agua y, a cien metros, paró. Otra persona no se daría cuenta, pero hubo una misteriosa y literaria relación entre el llanto del camarero, la lluvia y mi llegada a A Coruña.