DESDE HACE semanas, sobre todo en los últimos días, nos desayunamos con la rutinaria cantinela abriendo los informativos de los muertos de Irak por explosión de bomba. Imágenes repetidas. Coches calcinados, amasijos de hierros, bultos informes que segundos antes eran cuerpos que respiraban, individuos con identidades. Podríamos ponernos trascendentes y filosofar sobre sus vidas, gente con problemas, con familias, con sueños e ilusiones (por sarcástico que resulte...), pero morir en Irak comienza a ser casi como su imagen de marca. Imaginen a una agencia turística promocionando Irak con macabro humor: «Viva la emoción de una bomba»... A esta modalidad de muerte terrorista, que claramente busca el efecto cuantitativo (cuantos más, mejor) por encima del cualitativo (anónimos civiles, policías iraquíes o soldados de Bush, da lo mismo), se sumó en las últimas semanas el degüello de rehenes filmado con una webcam y colgado en la Red para escarnio y repelús mundial. Lo de Irak y las mencionadas variantes de muerte, se está convirtiendo en un subgénero televisivo al límite del agotamiento. Tanto que los presentadores ya lo mencionan con rictus de hartazgo. Tanta muerte acaba teniendo el efecto de una vacuna. No es por ir de moralista, pero los críos ven los informativos. Doble trabajo para padres y educadores.