Crónica | Una biografía revela los gustos del dirigente por el cine El dictador soviético intervino en las películas hasta el punto de ordenar repetir escenas en los rodajes. Le encantaban los filmes de vaqueros, Chaplin y Tarzán
11 jun 2004 . Actualizado a las 07:00 h.«El cine es para nosotros la más importante de las artes». La prescripción de Lenin fue ejecutada con vigor por Stalin, un cinéfilo impenitente, según las investigaciones de Simon Sebag Montefiore, publicadas bajo el título de La corte del zar rojo (Crítica). El dirigente soviético disponía de salas de proyección en todas las casas que poseía. Las utilizaba con frecuencia. Las películas, además, no sólo eran un entretenimiento, sino que eran fuente de inspiración política, y, lo más importante, ejercían tal fascinación sobre Stalin que quiso involucrarse en todo el proceso. Sebag Montefiore explica cómo el dictador ejerció los roles de productor, director, guionista, y actor, todo a un tiempo, además de decidir sobre bandas sonoras, canciones, modificar títulos, aconsejar a cineastas y artistas, e incluso ordenar la repetición de escenas en los rodajes. Interpretación Los archivos del Politburó y los documentos personales de Stalin están repletos de anotaciones y comentarios vinculados al séptimo arte. Al dirigente le gustaba invitar a directores y actores a sus pases privados, a quienes acribillaba a preguntas. Una de sus favoritas era «¿Cómo interpretarías a Stalin?». «Tal y como lo ve el pueblo», fue la respuesta de un avispado intérprete. «Respuesta correcta». Y le invitó a una botella de brandy. Para el director Sergei Eisenstein, en cambio, la relación debió de ser bastante más tormentosa. Primero, Stalin lo salvó de ser fusilado, tal y como quería Kaganovich, por trotskista. Pero las dos partes de I ván el Terrible tensaron sus relaciones. El dictador dio su beneplácito a la primera, rodada en 1945. La segunda (1958) se le atragantó: Iván el Terrible era demasiado terrible, su barba era larga de más y los besos a su esposa se prolongaban sin pudor. Sebag Montefiore relata, a propósito de estas manifestaciones de afecto, que Stalin se enfureció al ver un apasionado beso en los labios en su película favorita, Volga Volga . Durante un tiempo se suprimieron en todas las películas soviéticas. Stalin era profundamente contradictorio en sus gustos. Su afición al cine norteamericano se afianzó cuando después de la Segunda Guerra Mundial se hizo con la filmoteca del dirigente nazi Goebbels, otro cinéfilo. En el lote llegaron películas de Charles Chaplin. También se ha encontrado una nota manuscrita del propio Stalin en la que solicita ver una de las aventuras de Tarzán. A por John Wayne También es célebre su intento de asesinar a John Wayne, furibundo anticomunista, una historia que recobró actualidad hace unos meses al incluirse en una biografía del actor. Al parecer, los pases nocturnos en el Kremlin solían acabar en borrachera, y las más disparatadas peticiones y diatribas del dictador eran atendidas con displicencia. Algunas llegaban a ejecutarse, otras, no. «Veamos qué tal está esta película. Si no nos gusta, fusilamos al director», era una de las letales bromas de Stalin. Entre chistes y efluvios de vodka, nadie osaba oponerse a las órdenes de Stalin, quien podía arremeter contra sus pantallas, enfurecido por una película de vaqueros, y pedir más al día siguiente. En el fondo, según su biógrafo, le gustaba identificarse con la figura del cow boy solitario. Pero Stalin no sólo plasmaba sus gustos y manías en lo que veía, sino que también se dejaba seducir por las películas. Si aparecía, por ejemplo, un misil en uno de los filmes, al día siguiente diseñaba un plan de refuerzo armamentístico con el misil como estrella. El cine también abordó esta faceta de Stalin: en 1991 Andrei Konchalovsky rodó El círculo interior , en la que Tom Hulce interpretaba al proyeccionista de Stalin.