El artista australiano convierte cualquier cuerpo humano en un robot mediante impulsos eléctricos que pueden ser manejados a distancia a través de Internet
25 ene 2004 . Actualizado a las 06:00 h.?ay mitos de la cultura que van encontrando sus límites. Uno de ellos es la identificación entre el ego y el cuerpo. Las últimas experiencias artísticas de Stelarc señalan con contudencia eléctrica que el cuerpo es manejable desde el exterior y, gracias a Internet, de manera remota. La propuesta que exhibió Stelarc en el Centro Galego de Arte Contemporánea está a medio camino entre las marionetas humanas y la reconstrucción protésica del cuerpo. La intervención del artista australiano invita a repensar el cuerpo humano al que considera obsoleto o, cuando menos, poco útil para los cambiantes cometidos que la vida más reciente le ofrece. Para combatir mi escepticismo de espectador, le digo al artista que haga una prueba conmigo y comienza a colocarme las ventosas de los electrodos en el brazo. Stelarc me anuncia con cada juego de ventosas qué movimientos hará mi brazo y me advierte que si relajo el brazo será mejor, pero que de todas formas se movera sin tener en cuenta mi voluntad. No es magia, es biomécanica, pero sigue siendo sorprendente que alguien maneje una parte de tu cuerpo que consideras inevitablemente sometida a tus decisiones salvo para jugar bien al baloncesto. Stelarc coloca sobre mi brazo cuatro juego de ventosas y dice que en función del tamaño y del número de ellas puede moverme dedo por dedo y los movimientos de los músculos se multiplicarán. Cuando acaba de colocarme los electrodos la imagen que ofrezco tiene bastante parecido con esos aparatos para adelgazar sin despegar las nalgas del sofá. Pero mi brazo no necesita adelgazar. El artista me hace una seña y comienza a darle vueltas a los potenciómetros que controlan la intensidad de la corriente. Primero llega la electricidad atravesando el músculo, como un calambrazo suave, como una vibración o como una corriente de agua que bajara por el interior de la extremidad. Después el brazo se emancipa y comienza una coreografía que para mí es extraña y que no conserva conmigo ni la fidelidad que los satélites manifiestan a los planetas sobre los que giran. Juzgo los movimientos involuntarios, pero en realidad no son míos ni son actos reflejos. Stelarc anuncia los movimientos y los movimientos se cumplen así que el brazo es más suyo que mío: primero levanta el hombro, luego se cruza el antebrazo, el dedo anular se pliega sobre si mismo y, finalmente, la mano se dobla tanto hacia el exterior que si estuviera a mis órdenes no podría hacerlo. Más confortable El artista obliga a mi brazo a repetir los movimientos hasta cinco veces, comentando que, como en el sexo, las primeras son las peores. Al acostrumbrarse se siente uno más confortable con las ventosas y con la caricia interior de la electricidad para realizar coreografías que tienen poca relación con lo cotidiano. Stelarc me quita las ventosas mientras asegura que es perfectamente posible que alguien desde París maneje mi brazo derecho y otro alguien desde Oslo maneje el izquierdo: la solución ideal para partidos con parlamentarios vagos o poco dados a la disciplina de voto. Recibo a mi recuperado brazo y entiendo por qué Pinocho no quería ser un muñeco.