INTERFERENCIAS | O |
21 sep 2003 . Actualizado a las 07:00 h.LO ANOTABA ayer en La Voz, Julio Á. Fariñas en su incisiva crónica El final de un trágico show, a propósito de la enfermiza beligerancia que Alicia Hornos, la madre de Rocío Wanninkhoff, mantiene contra Dolores Vázquez, en tiempos su compañera sentimental y desde hace apenas unas horas, inocente de un asesinato del que se confesó autor el psicópata Tony Alexander King. Al principio se podía comprender su reacción como madre afectada. Entraba en la lógica, aunque muy pronto derivó hacia un deseo irrefrenable de asomar al circo mediático con ínfulas de estrella del corazón. Alicia visitó a la desconsolada madre de Sonia al poco de aparecer el cadáver para solidarizarse con su dolor, pero no hay que ser un chispa para entender que allí había docenas de cámaras y de micros muy útiles para los sueños de gloria de alguien que todavía el sábado asomó a los informativos para reafirmarse en que Dolores mantenía alguna culpabilidad en la muerte de su hija. La realidad es testaruda y el culebrón termina. La telebasura (los afectados prefieren llamarla telerrealidad para quitarse complejos) crucificó a quien desde anteayer ya no es culpable. Es hora de rectificar (no lo harán), pero queda claro que Alicia Hornos ya es historia en televisión, salvo que quienes la encumbraron a una fama oportunista, la contraten de contertulia. No les demos ideas.