Carlos Álvarez y amigos

César Wonenburger A CORUÑA

TELEVISIÓN

EDUARDO

El barítono triunfa en una ópera que refleja la infinita inspiración de Verdi: su habilidad para la caracterización psicológica y el despliegue de hermosas melodías

13 sep 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

La idea de trasladar la acción de las óperas a épocas más cercanas al público actual se ha convertido en una obsesión para los directores de escena. Paco López, en la aparente producción del Villamarta de Jerez, opta por situar la de Rigoletto en la República de Saló, último, decadente episodio de la Italia de Mussolini. En realidad, el cambio no aporta mucho a la presunta actualización de una historia que se entiende perfectamente en su contexto, porque su implacable lógica dramática adquiere su justa plasmación en una música que si no es la mejor de Verdi, sí refleja la infinita inspiración del compositor: su habilidad para la caracterización psicológica y el fastuoso despliegue de hermosas melodías. Lucimiento Es aún ópera de voces, con tres papeles protagonistas concebidos para el exclusivo lucimiento de sus intérpretes. Ahora ha triunfado el barítono, Carlos Álvarez, bufón de medios ideales: voz noble, timbre incisivo, caudal generoso y potente. El barítono se encuentra en el proceso maduración del personaje, que seguramente adquirirá mayor profundidad con el tiempo: su intachable expresividad ganará en imaginación y libertad cuando su uso del canto legato se afirme. En un plano inferior habría que situar las actuaciones de sus compañeros, sobre todo de Stefano Secco (el duque), con un instrumento demasiado liviano para el personaje y agudos clareados, y de la debutante en el rol, Rocío Ignacio (Gilda), de imprecisa coloratura. En el foso, Daniel Lipton se preocupó más de acompañar a los cantantes que de encontrar posibles matices, contrastes y colores en la partitura. Bajo su atenta guía, la actuación Filarmónica de Málaga fue correcta: lo mejor, su madera.