El progreso es comprar en pijama. El mejor humor a tiro de un simple golpe telefónico. ¿Corto trecho? No, inmenso. Sólo logro el objetivo tras una hora y cuarto de insistencia
05 feb 2003 . Actualizado a las 06:00 h.Me siento en el sofá, tomo el inalámbrico y tecleo el 902 504 500. Son las diez de la mañana y sólo una llamada me separa de un billete para la noria de la risa de Les Luthiers. El progreso es comprar en pijama. Pero, ay, el número comunica. Nuevo intento, idéntico resultado: agua. ¿Irá para largo? Me estiro en el sofá. Por si acaso. Media hora después, la pregunta se ha reducido: ¿Iré (a verlos)? Sumo 155 intentos fallidos. A estas alturas, tengo menos moral que el socio número cuatro del Fútbol Club Barcelona. Seguro que ya está vendida hasta la fila de los mancos. El dedo se mueve por inercia. A la llamada 156, mi oído despierta a mi cerebro. Le informa de que ha creído escuchar algo parecido a un tono. En efecto. Cuento uno, dos... al séptimo tono, vuelve a comunicar. La televenta, así, al mogollón, angustia. Prefiero las tradicionales colas, en las que al menos tienes al enemigo localizado, aunque te dé la espalda. El cuello exige una pausa. La hago. Compruebo si aún me quedan huellas digitales en el índice. Sí. Sigo. Sobrepaso la barrera de las 200 llamadas. Quizá ya haya batido el récord Guinness de frustración telefónica. La hazaña tiene su lado malo: me va a quedar el dedo como a E.T. Llamada 279. Un tono, dos, tres, cuatro... supero la crítica barrera de los siete... once, doce, trece tonos, ¡mambo! Atiende una voz femenina. No es la de Jennifer Lopez, pero si lo fuera mi alegría no sería mayor. Pido dos entradas de 28 euros. «¿Quiere fila 1?», me pregunta Jennifer. Pues claro. La paciencia tiene botín. Son las once y cuarto.