Casi no cabía un alfiler en la Monumental cuando, al son de los clarines, surgió la estampa chulesca de Jaime Urrutia para enchufar la máquina del tiempo y emprender viaje al pasado, rumbo a un tiempo musicalmente mucho más feliz, fértil y auténtico que el actual. El ex-líder de Gabinete Caligari se allanó el camino con Al calor del amor en un bar , certificó el éxito de su inteligente reciclaje artístico con Qué barbaridad y arrancó los coros masivos con Camino Soria y Cuatro Rosas . Sus invitados fueron recibidos como héroes: Ariel Rot, guitarrista de pegada e inconfundible estilo Tequila; Bunbury, maestro del transformismo abducido por el espíritu de Jim Morrison, y Loquillo, que propició el primer momento de emoción colectiva con el himno de Trogloditas Rock and roll star . Alaska fue el único bluff de la noche. Su papel era el de dj , para entretener al público en los descansos. Pero la desafortunada selección de canciones, el nefasto planteamiento escénico y su actitud incomunicativa le granjearon una pitada tras otra. El sonido almibarado de Duncan Dhu se diluyó con frialdad al comienzo de la actuación de Mikel Erentxun, que planteó un show en formato crescendo: se dejó para el final todos los hits ( A un minuto de ti, Ojos negros, Cien gaviotas ) y acertó de pleno. El delirio no hizo sino crecer con la eficaz actuación de Hombres G, que -¿sorprendentemente?- aportaron los minutos de música más nítida y enérgica del concierto. También algunas de sus canciones ( Chica cocodrilo, Venecia, Marta tiene un marcapasos, Sufre mamón ) estaban en el santoral de la audiencia. Después, con su perenne melancolía y el tributo a Enrique Urquijo, y en compañía de la figura frágil y misteriosa de Antonio Vega, Los Secretos cerraron más de cinco horas de catarsis ochentera. Lo hicieron en positivo, lejos de nostalgias ñoñas y sin mentar ni a la piratería ni al innombrable concurso: señal indiscutible de madurez. ¿Y después? Vuelta a la triste realidad.