El domingo dejó imágenes con la inmensa felicidad de los jugadores del Valencia C.F. por ganar la Liga. Enhorabuena. Pero dejó también otras imágenes nada felices, más bien bochornosas. Sobre todas las del final del Villarreal-Zaragoza, partido que expulsó al histórico club maño a Segunda. Un tal Toro Acuña la emprendió a patadas con un imbécil que previamente saltó al campo con la burra intención de largarle un guantazo y lo que le cuadrara. Tuvieron que agarrar al de corto para controlarlo porque estaba fuera de sí. Otro tal, Palermo, que era del equipo contrario, vociferaba y demandaba caña del mencionado Acuña. Luego más y más. Patético. Fue la prolongación de una semana gloriosa en energúmenos cuya supuesta pasión por el fútbol es inversamente proporcional al tamaño de su cerebro. La tele mostró días antes como un babieca lanzaba un considerable pedrusco contra el coche de un jugador del Tenerife destrozándole una luna. El agredido salió acentellado en pos del aspirante a oro en lanzamiento de peso y si no lo agarran, le llena la cara de música... Después vino lo del miércoles en el Bernabéu, con el guirigay callejero montado por esos angelitos de nombre ultrasur, mocetes de vida ejemplar, seguramente demócratas con pedigrí, que tienen por beneficio liarla con quien no piensa, dice o hace como ellos. Un reaccionario a su lado es un angelito... ¿Culpa del deporte? No, la culpa es del tinglado mediático en torno al pan y fútbol que de un tiempo para acá se salió de madre.