No todos quieren a Oscar

CÉSAR WONENBURGER A CORUÑA

TELEVISIÓN

EDGARDO

Marlon Brando, Woody Allen, Katherine Hepburn o Bernard Shaw descalificaron los galardones del cine David Niven, con su atildado aspecto de dandy británico, se disponía a anunciar el ganador de un Oscar. De pronto, por detrás de él, apareció un hombre desnudo, que cruzó el escenario corriendo. La salida de Niven no estaba en el guión de la gala. Con una leve sonrisa, sin perder la compostura, dijo: «Ha sido su única oportunidad de mostrar sus pequeñeces». Durante 74 años, la ceremonia de los Oscar, el espectáculo que convoca a una mayor audiencia a nivel mundial, ha ofrecido terreno fértil para toda clase de anécdotas, incluidas las de quienes se han negado a participar en la gran fiesta del cine.

24 mar 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

Desde su fundación, hace 74 años, la gran fiesta del cine mundial ha sido fuente inagotable de anécdotas, comentarios y chascarrillos que en algunos casos han contribuido a romper la monotonía, el rígido formalismo de una gala que si no fuera por varias de estas salidas de guión sería soporífera. Entre las últimas, aún se recuerdan los frenéticos saltos de Roberto Beningni, director de La vida es bella, por encima de las butacas de la sala para celebrar su premio, o el inacabale discurso de Pedro Almodóvar, con su retahíla de santos y vírgenes, que obligó a Antonio Banderas a sacarlo del escenario casi a empellones. Esas, al menos, son salidas de tono que la Academia no ve con malos ojos. A la organización le preocupan mucho más otro tipo de exabruptos, sobre todo, si vienen dictados por la política. Hoy se recuerdan mayormente los comentarios de Susan Sarandon, siempre dispuesta a brindar su apoyo público a los más desfavorecidos, o a denunciar la pena de muerte, pero la pionera en este tipo de proclamas fue Vanessa Redgrave. En 1977, cuando obtuvo su Oscar por Julia, la actriz británica hizo una valiente y temprana declaración a favor de la causa palestina. La Sarandon y la Redgrave cogieron sus respectivos premios y aprovecharon el instante de gloria mediática para pronunciar sus discursos. En cambio, George C. Scott, en 1970, decidió rechazar sencillamente la estatuilla que se le concedía por Patton. «Las ceremonias son un desfile de carne de dos horas de duración por motivos económicos», se justificó. Otro díscolo a los ojos de la Academia, Marlon Brando, envió a recoger el suyo por El padrino a una mujer india, encargada de leer una carta del actor en la que denunciaba la imagen que de esa comunidad ofrecían las películas. Ni Woody Allen ni John Ford ni Katherine Hepburn, una de las más premiadas, acudieron tampoco a recibir sus galardones aunque, eso sí, todos aceptaron que se los enviasen a casa. La excusa de Allen es bien conocida: la ceremonia, que antes se celebraba los lunes, coincidía con su cita imperdonable semanal en el club donde solía tocar el clarinete. Por haber, ha habido hasta quien se ha considerado indigno del premio, no porque no lo mereciese, si no porque su valía estaba muy por encima de un «miserable» Oscar. Cuando George Bernard Shaw ganó el suyo por el guión de Pigmalión, dijo: «Es como si le diesen un premio al Rey de Inglaterra por ser rey. Me parece insultante».