LOS CHICOS DE MI VIDA

CÉSAR WONENBURGER

TELEVISIÓN

CRÍTICA DE CINE

22 feb 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

Le cuesta arrancar a Penny Marshall, y el punto de vista no parece muy claro. Pero enseguida se hace con el control, para trenzar una narración pulcra, bien organizada, con personajes creíbles, llena de verdad, que crece ante un espectador que en principio podría esperar una comedia, y al final se encuentra con un drama en toda regla, de hondo calado, humano, íntimo, cercano. La realizadora, a la que en otros empeños se le ha ido la mano con el azúcar, maneja con buen criterio las dos caras de la vida: la tragedia, siempre presta para engullirnos, como lo inevitable, lo que seguramente tiene que pasar; y esos instantes de alegría que en ocasiones surgen como inesperado contrapunto cómico hasta en los momentos de máxima desesperación, para contribuir a darle al cuadro de la existencia su definitivo toque surrealista. Quién no conoce a personas como las que ahora retrata la realizadora de la interesante Big, seres que se forjaron unos sueños, unas ilusiones, para luego darse de bruces con la realidad y tener que cambiar de rumbo sobre la marcha. La diferencia está en que unos no lo superan y otros insisten, pese a lo doloroso del empeño y, a veces, al final de la escapada, consiguen algo de aquello en lo que creyeron, unas migajas, o el todo incluso. No, no se asusten, que no hay moralina en el filme. Hay sinceridad, apoyada en un buen guión y unas actuaciones estupendas (Drew Barrymore, cada día mejor actriz).