París, mon amour

TELEVISIÓN

La canción de las cerezas, Blanca Riestra

21 ene 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

Es posible diseccionar los intestinos de París y los propios con navaja lírica. La Canción de las cerezas ofrece dos retratos sin concesiones al tópico idealismo. Uno, el de la capital gala y sus habitantes, hechizados y asqueados por un Sena por cuyas venas discurre la sangre mestiza en la que confluyen africanos, orientales y españoles y que no puede evitar los borbotones del paro, del racismo, de la bofetada del burócrata europeo, del pisotón de la bota autocomplaciente de la Grandeur. El negativo de la película Sin noticias de Dios, en la que el cielo habla francés. La ciudad de las luces y de las sombras, en la que la voz de Edith Piaf arrulla la rabia y la impotencia de los desempleados, es el escenario de la novela y el objeto de amor-odio de la protagonista, expresado sin tapujos en primera persona. El otro retrato es el de las vísceras sentimentales de esa primera persona. Una operación literaria a corazón abierto de una estudiante española. ?Recuperé en París mi fe en la vida?, confiesa al principio. Pero que nadie se lleve a engaño, el relato muestra como se encuentra a sí misma lejos de paisajes idílicos. Aplica un microscopio a su interior para encontrar la ternura en la putrefacción y la PÉRDIDA, así con mayúsculas, en los destellos de felicidad. Y es la pérdida nacida antes de tiempo la que perfuma la prosa con poesía. Porque el desprecio por ciertos personajes y situaciones se convierte en descripción descarnada, el hilo que cose todo el libro y que ?por punzante y bella? nunca cansa. Por la estación de paso de Riestra desfilan escritores, putas, inmigrantes ilegales, maderos fachas, el fado hecho carne en un portugués... Y la imagen ofrecida de cada uno de ellos ?sin excepción? no está exenta de crueldad y ternura. Incluso la propia Blanca Riestra aparece en este mundillo como personajillo invitado. Al final, queda un libro de bohemio encanto y desencanto. Cargados de literatura y de vocablos franceses. Un relato pausado para paladares que gustan más de la palabra que de los giros del argumento. Y con un desenlace esperanzador, a pesar de todo. Porque, como dice la canción que da título a la obra: «Yo que no temo las penas crueles, no pasaré un día sin sufrir. Cuando llegue el tiempo de las cerezas, también tendréis penas de amor».