MERCEDES ROZAS
15 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.S inevitable, ante los grabados de los Desastres de Goya, no experimentar la impresión de que, durante siglos, el escenario en el que se mueve la condición humana poco o nada ha cambiado. La violencia sin límites, personalizada en episodios concretos de la guerra de la Independencia, se nos presentan hoy como un testimonio universal. Goya hace una descripción amarga de los estragos bélicos en la que los vencidos son presentados como los verdaderos vencedores. Funestas pesadillas El protagonismo de las terribles escenas, plasmadas por un artista en la creatividad de su vejez, resucitan en la actualidad en las imágenes que los medios de comunicación se encargan de mostrarnos. Se vuelven a repetir, como funestas pesadillas, las tragedias que el genial maestro estampó sobre unas planchas hace ahora, escasamente, dos siglos. Si en los Desastres Goya es el confidente de una realidad, en los Caprichos se convierte en el fabulador de historias que camuflan bajo el don de lo grotesco los vicios de una sociedad decimonónica. Se trata de que queden al descubierto los errores y flaquezas de una época que sostiene como armas cotidianas la avaricia, la ignorancia, la hipocresía o el delito. Nadie escapa a sus críticas. La Iglesia, la nobleza o el pueblo llano; todos metidos en el mismo saco de la degradación. Brujas, frailes, fantasmas y diablos forman parte de este coro de personajes que, nacidos de una libre imaginación, adelantan ya aspectos estilísticos de la cultura moderna. Estos Caprichos, que el propio Goya puso a la venta en una tienda de licores y perfumes de Madrid, junto a los Desastres, y a la serie de los Disparates, en la que, otra vez, vuelve a descollar la frágil dicotomía entre realidad y ficción, se pueden contemplar en el Auditorio de Galicia gracias a un compromiso entre La Fundación Caixa Galicia y la Calcografía Nacional. Es cierto que estos grabados ya se han mostrado en otras muchas ocasiones. No hay nada que no se haya visto antes. Pero en este caso, el pretexto es que nos fijemos en la estudiada fisonomía de cada uno de los rostros de los distintos personajes. Para ello, en un riguroso trabajo publicado en el catálogo que acompaña a la muestra, se pone el acento en la interpretación de las emociones. El odio, la alegría, el miedo, el amor, el dolor, la risa o el llanto se ilustran con gestos que sólo la mano de Goya pudo haber trazado. Estas estampas son de formato muy pequeño. Como todo grabado, requieren una intimidad que no precisan otras técnicas. Forzosamente invitan al acercamiento del espectador para lograr una visión óptima de la creación. Si se hubiera tenido en cuenta esta particularidad con una buena cobertura del montaje, se habría hecho, entonces, mejor justicia al extraordinario contenido.