M. A. FERNÁNDEZ CRÍTICA DE CINE
02 nov 2001 . Actualizado a las 06:00 h.A una historia de amor como la de La mandolina del capitán Corelli le bastaría cualquier marco dramático, no necesariamente la Segunda Guerra Mundial. Un hombre y una mujer que alimentan su pasión en un contexto de gran adversidad, con el añadido de un tercer personaje interfiriendo entre ambos. La nativa Penélope Cruz ama al capitán italiano Nicolas Cage, a pesar de que ella ya se había prometido con su vecino, el partisano Christian Bale. El resto es la periferia necesaria para facturar un filme que habría encajado perfectamente en el cine de los sesenta por vistosidad, por espectáculo y por adscribirse al género bélico. Poso contradictorio Los ambientes de Zorba el griego y Los cañones de Navarone, o el tono arrebatado de Doctor Zhivago, junto a propuestas más recientes como la atmósfera de El paciente inglés o el espectáculo militarista de Pearl Harbour, se trituran en el molino de John Madden, dejando un poso contradictorio. Por una parte crees haber disfrutado una película de emociones primarias y por otra tienes la sensación de que sigue faltando algo. O que en el montaje se quedaron cosas determinantes para restañar las grietas de su trama. Una factura visual potente, una música melosa, una fotografía luminosa y unos decorados a la antigua, son ingredientes suficientes para respetar la traslación de un best seller que busca cumplir con las exigencias recaudadoras de Hollywood sin renunciar al toque europeo. Quizá el guión no acabó de pulir matices o John Madden no logró desprenderse de su peripecia televisiva. A ellas les gustará y además tiene happy end.