Un amante del cine abstracto

TELEVISIÓN

PERFIL

16 may 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Nació en una de esas pequeñas ciudades de EE UU que suele retratar y creció en una urbanización de casas blancas, hierba verde y botella de leche en la puerta. La felicidad le hizo soñar con un contrapunto, por lo que, cuando ingresó en la universidad, se instaló en el área más conflictiva de Filadelfia y vivió «los mejores y peores años» de su vida. Allí se inspiró para su bautizo cinematográfico, Eraserhead (1977), que le llevó cinco años. Le siguió El hombre elefante (1980), por la que aspiró al Oscar al mejor director. Del fracaso comercial del filme de ciencia-ficción Dune pasó al éxito de Terciopelo azul (1986) y fue candidato al Oscar por segunda vez. En 1990, ganó la Palma de Oro de Cannes con la «road-movie» Corazón salvaje, un género que el año pasado puso patas arriba con Una historia verdadera. Se acercó al gran público con la serie de televisión Twin Peaks (1990), que intrigó a medio mundo con la muerte de Laura Palmer. Lynch no entiende la obsesión que reina en Hollywood por que cada fotograma sea comprendido. Él prefiere deslizarse por esas áreas abstractas en las que, más que comprender, el espectador intuye a tientas algo tan subjetivo como el significado.