CRÍTICA DE CINE / ROMEO DEBE MORIR Las de artes marciales conocieron momentos mejores, pero el éxito alcanzado por «Matrix» y sus alucinantes cabriolas hace que los productores insistan en tirar de filón en películas de coste tirando a bajo. Quien marca la pauta es Joel Silver, cuya idea del cine consiste en ruidoso pim-pam-pum con personajes de trazo basto.
15 sep 2000 . Actualizado a las 07:00 h.Las de bandas rivales suenan a vistas por mucho que el conflicto se traslade a las cúpulas y a sus mandos intermedios. El añadido de componente mafiosa solo es una manera de liar las cosas para disponer de un mayor número de personajes. A cambio, eso obliga a esquematizarlos hasta el límite y dejar el peso de la trama en el mamporro a diestro y siniestro con algunos cadáveres adornando el camino. Por mucho que recurran a Shakespeare para trasladar a sus inmortales Romeo y Julieta a la jungla urbana y revestirlos de ojos achinados (Jet Li) y piel negra (Aaliyah), en el fondo subyace la idea del subproducto eficaz que antaño se destinaba a circuitos periféricos y se conocía por serie B. Sin embargo aquellas películas eran un prodigio de narración, un ejemplo de síntesis que respetaba a los personajes y al espectador. No parece el caso de Romeo debe morir, que de principio a fin sabe a visto por mucho que el guionista se crea que nos la da con queso. Desde las patadas suspendidas y de carambola hasta el numerito final en el que el bueno se enfrenta al malo con resultado fácilmente imaginable para el público. Quizá lo único original de esta cinta sea el recurso de mostrar los efectos radiografiados de un brazo roto, un corazón atravesado o unas vértebras machacadas, acompañadas del correspondiente crujido. El cine es mucho más que todo eso. Debería comenzar a invocarse el mandamiento de no tomar en vano el nombre el género de acción (y, por favor, más respeto con William).