Las vidas que se llevó el covid: Rosario Dorda, una mujer que decía a los suyos que «lo importante es ser buena persona»

Ángel Paniagua, S. G. Rial, Moncho Ares, Beatriz Antón VIGO, CARBALLO, RIBEIRA, FERROL / LA VOZ

SOCIEDAD

Rosario Dorda, en una foto familiar
Rosario Dorda, en una foto familiar cedida

La muerte de Charo sin poder recibir visitas de su familia en el hospital forzó a la Xunta a cambiar el protocolo; en Galicia han fallecido más de 3.000 infectados

13 mar 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

Con su muerte, Rosario Dorda (Vigo, 1953) ayudó a que todas las personas ingresadas en un hospital con el coronavirus puedan recibir visitas de sus familiares, algo restringido hasta hace casi nada a las últimas horas de la vida, casi siempre bajo sedación. Con su vida, Charo también ayudó a mejorar la existencia de mucha gente. Sus 68 años de vida estuvieron marcados por su debilidad por la educación y por los niños, además de por el amor a su familia.

El compendio de esas tres vertientes la vivieron los suyos a finales de los 90. Su hermana Luz había adoptado a dos niños en Rumanía a mediados de esa década. Tocada por esa realidad, Charo fundó en 1999 la delegación para Galicia y Asturias de Interadop, una oenegé que ha ayudado a decenas de familias a tramitar adopciones de niños desde Vietnam, China, Rusia y Rumanía. «Ella conocía a los niños, le encantaba verlos y estar con ellos, y era habitual que las familias se parasen a hablar con ella si se la encontraban por la ciudad», cuenta su hijo, Manuel Iglesias. Su pasión arrastró a Joaquín, su marido, que tenía su trabajo pero que también colaboraba en la organización.

Charo, nacida en Vigo, había estudiado en Las Damas Apostólicas, en el San Tomé de Freixeiro y en el Apóstol Santiago (jesuitas). Luego hizo Magisterio en Vigo y Ciencias Exactas en Santiago. Al terminar, hizo prácticas en el colegio Saladino Cortizo, donde había niños de los que hoy en día se diría que tienen necesidades especiales. La infancia y la educación y al emocionaban entonces y en los veinte años que siguieron, hasta que fundó Interadop, esas dos cuestiones fueron entrelazándose en su vida. Trabajó en el colegio San Fermín y en la academia Vivas. En 1979 creó la escuela infantil Mimos, en el Calvario. «Mi tía y mi padre dicen que trataba a los niños como si fueran sus hijos», explica Manuel, divertido.

En los 80 llegó la familia. Tuvo tres hijos, Quino (1981), Tony (1986) y Manuel (1994). Durante todos esos años, Charo compaginó la ingente tarea que es la crianza con trabajos como profesora de clases particulares. «Siempre estuvo muy pendiente de nosotros, pero dejándonos libertad», reflexiona ahora el pequeño. Todas las madres tienen mantras, esas frases que los hijos pueden recitar sin siquiera tener que rebuscar en la memoria y que los acompañan para siempre. «Yo en secundaria sacaba buenas notas», explica Manuel, «y ella me decía que lo importante en la vida no era sacar buenas notas ni tener una posición social, sino ser buena persona».

Que en 1999 se lanzase a fundar Interadop en Galicia es una prueba de que ella intentaba aplicar lo que les transmitía a sus hijos. Una de sus obsesiones era tener una familia unida y haberlo conseguido fue un consuelo cuando enfermó. En los últimos meses de Charo, su marido y sus hijos permanecieron a su lado como una piña, pasando tiempo juntos, conversando, apoyándose. Estando a su lado. A su lado estuvieron también en su muerte, cuando contrajo el coronavirus y falleció en el Hospital Álvaro Cunqueiro de Vigo el 1 de febrero, tras las complicaciones de un cáncer. La denuncia de su familia de que los pacientes positivos en covid-19 no podían recibir visitas, ni siquiera estando vacunados y asumiendo los riesgos, movió a la Xunta a cambiar el protocolo.

Víctor Castiñeira, un emigrante de Vimianzo que trabajó en Holanda y Suiza 

Víctor Castiñeira Castiñeira era José do Largo de Carantoña, y falleció el pasado 7 de febrero a los 81 años. De neumonía y covid, como explica su único hijo, que se llama como el padre. El nombre y el apodo pueden parecer contradictorios, porque, además, ni siquiera vivía en la parroquia de Carantoña (Vimianzo), en la que sí había nacido, pero el mote familiar le quedó, como a tantos en una zona en la que los apodos son norma de la casa y de todas las casas. Residía en A Ponte do Porto, ya en el municipio de Camariñas, para donde se fue al casarse hace 49 años con María del Carmen Leis Lema, ahora viuda y que condensa dos de los apellidos más característicos de esta zona. Una comarca en la que la emigración es parte de su historia presente y pasada, y Víctor fue emigrante por partida doble: a Suiza, donde cientos de vecinos aún siguen, y a Holanda, menos habitual en esta parte de Soneira. Pero, como explica su vástago, fue trabajador siempre, en tareas agrarias o en obras a las que lo llamasen. Y eso que hace 14 años bajó el ritmo debido a un trasplante de corazón del que evolucionó muy bien, «non para correr, pero si para ter unha vida normal». Y para disfrutar de la histórica fiesta y procesión de la Fátima de As Barrosas, específica del barrio en el que vivía y que recuperó una entidad en la que el hijo fue directivo.

Carmela Queijeiro

Francisco Fernández Dieste, un juez de paz de Boiro comprometido y conciliador

El covid se ha llevado tantas vidas desde su irrupción que ha convertido en casi rutinario el balance de muertes diario, pero hay algunos óbitos que no pasan desapercibidos, como el de Francisco Fernández Dieste, juez de paz de Boiro, que falleció el 28 de enero a los 84 años de edad dejando un vacío perceptible en todo lo que su presencia llenaba, empezando por el juzgado, al que acudía diariamente y en el que firmó sus últimos documentos unos días antes de que el virus hiciese mella en él, a pesar de que se cuidaba de no contagiarse dadas las dolencias previas que arrastraba desde unos años atrás, a las que se enfrentó con valentía y decisión.

Francisco Fernández accedió al cargo de juez de paz de Boiro en 1989, después de ejercer profesionalmente como sastre e implicarse en la vida social del municipio, formando parte de la directiva del club de fútbol, y de su parroquia, dirigiendo la comunidad de montes, pero fue al frente de la jurisdicción local donde más puso en práctica su condición de buena persona y su carácter conciliador impartiendo justicia, pero no la justicia que se aprende en las facultades, sino la de la buena vecindad, que aplicaba tratando de convencer a las partes enfrentadas para que sus desavenencias no fuesen más allá de su ámbito competencial, un servicio bueno para el pueblo y bueno para la justicia.

Toto Montero, en una foto tomada hace algunos años con su nieta
Toto Montero, en una foto tomada hace algunos años con su nieta

Toto Montero Pita, un entrañable joyero de Ferrol 

Se llamaba Ángel Montero Pita (Ferrol, 1928-2022), pero todo el mundo le llamaba Toto, como al pequeño protagonista de Cinema Paradiso, la obra maestra de Giuseppe Tornatore. Al igual que aquel niño del celuloide, al Toto ferrolano le apasionaba el cine —de joven hizo sus pinitos como actor, rodaba en Súper 8 y hasta montó un cineclub en la cafetería Ambos—, pero también la naturaleza, ir de «tazas» con sus amigos por los bares de su querido Ferrol o bailar el tango con su mujer, Blanca, que lo era todo para él y de la que estaba profundamente enamorado. Sencillo y humilde, poseía un gran sentido del humor y un don innato para la imitación, por lo que era el invitado ideal para amenizar cualquier fiesta. Y aunque estudió Derecho, toda su vida laboral transcurrió en la joyería Montero, que heredó de su padre y era de las más distinguidas de Ferrol.

El pasado 15 de diciembre sopló las velas de su 93 cumpleaños rodeado del cariño de su mujer, sus cinco hijos (Ángel, José, Manolo, Blanca y María) y su nieta Blanca. Estaba ya «viejecito», sí, pero fue el covid el que se lo llevó el 21 de febrero en el hospital. A su familia le angustia no haber estado a su lado en sus últimas horas —apenas 15 minutos pudo sostenerle la mano una de sus hijas el día anterior—, pero les queda el consuelo de que Toto tuvo una vida de cine. Larga y llena de amor.