¿Debería ser obligatoria la vacuna?

PETER SINGER

SOCIEDAD

María Pedreda

El debate se centra en si esta decisión vulneraría la libertad de los individuos

23 ago 2021 . Actualizado a las 10:38 h.

Escribo desde Victoria, el estado australiano que se convirtió, en 1970, en el primero del mundo en hacer obligatorio el cinturón de seguridad en el coche. La ley fue atacada como una violación de la libertad individual, pero la sociedad la aceptó porque salvaba vidas. Ahora, en la mayoría del mundo hay una ley similar. No recuerdo la última vez que escuché a alguien exigir la libertad de conducir sin tener que ponerse el cinturón de seguridad.

Sin embargo, ahora escuchamos cómo muchos piden libertad para no vacunarse contra el covid-19. Según Brady Ellison, miembro del equipo olímpico de tiro con arco de Estados Unidos, su decisión de no vacunarse fue «una decisión 100 % personal», insistiendo en que «quien diga lo contrario está robando la libertad de las personas».

Lo raro en esto es que las leyes que obligan a llevar el cinturón realmente violan la libertad de manera bastante sencilla, mientras que las que obligan a la gente a vacunarse si van a estar en lugares donde pueden infectar a otra persona solo restringen un tipo de libertad para proteger la libertad de otros de permanecer seguros.

No me malinterpreten. Apoyo las leyes que obligan a conductores y pasajeros a llevar el cinturón de seguridad. En los Estados Unidos, se estima que este tipo de norma habrá salvado la vida a 370.000 personas y prevenido muchas más heridas de gravedad. Sin embargo, estas leyes son paternalistas. Nos coaccionan para hacer algo por nuestro propio bien. Violan el famoso principio de John Stuart Mill: «La única razón para la que el poder se puede ejercer legítimamente sobre cualquier miembro de la sociedad, en contra de su voluntad, es para prevenir el daño a otros». El hecho de que la coacción sea para el propio bien individual «no es una garantía suficiente».

Todavía hay mucho que decir de este principio, sobre todo cuando se utiliza para oponerse a leyes como las relaciones homosexuales consentidas entre adultos o la eutanasia. Pero Mill tuvo más confianza en la habilidad de los miembros de las comunidades «civilizadas» para tomar decisiones racionales sobre sus propios intereses, que hoy tenemos.

Antes de que los cinturones fueran obligatorios, los gobiernos emprendían campañas para educar a la gente sobre los riesgos de no llevarlos. Esas campañas tuvieron efecto, pero el número de personas que se pusieron el cinturón estuvo muy lejos del 90 % o más que hoy lo llevan en Estados Unidos (con cifras similares o más altas en otros países donde no llevarlo es una ofensa).

La razón es que no somos buenos protegiéndonos a nosotros mismos contra riesgos muy bajos de desastre. Cada vez que subimos a un coche, la posibilidad de vernos envueltos en un accidente grave que pueda causarnos heridas, si no llevamos puesto el cinturón, es baja. Sin embargo, dados los costes insignificantes de sí hacerlo, el cálculo razonable de los propios intereses muestra que lo irracional es no llevarlo puesto.

Ahora vemos una situación similar con la vacunación. Brytney Cobia publicó recientemente en su cuenta de Facebook las siguientes experiencias como médica en Birmingham, Alabama:

«Estoy admitiendo a jóvenes sanos en el hospital con infecciones muy graves por covid. Una de las últimas cosas que hacen antes de que los intubemos es suplicar por la vacuna. Yo sujeto su mano y les digo que lo siento, pero que es demasiado tarde. Días después cuando declaro la hora de la muerte, abrazo a los miembros de su familia y les digo que la mejor manera de honrar a su ser querido es ir a vacunarse y a alentar a todo el mundo que conozcan a que hagan lo mismo. Lloran. Y me dicen que no lo sabían. Piensan que era una broma. Que era político. Lo piensan porque tenían un cierto tipo de sangre o un cierto color de piel que ellos no se pondrían tan enfermos. Piensa que “solo es la gripe”. Pero se equivocan. Y desean poder volver atrás en el tiempo. Pero no pueden».

La misma razón justifica que la vacuna contra el covid-19 sea obligatoria. De otro modo, muchas personas tomarán decisiones de las que luego se arrepientan. Uno tendría que ser monstruosamente insensible para decir: «Es su culpa, déjalos morir».

En cualquier caso, en la era del covid, que la vacuna sea obligatoria no viola el principio de «herir a los demás» de Mill. Atletas olímpicos que no estén vacunados pondrán en riesgo a otros, al igual que correr por una calle transitada. La única «decisión personal» que Ellison tendría que haber tenido era vacunarse o quedarse en casa. 

Por la misma razón, las normas anunciadas el pasado mes en Francia y Grecia que obligan a la gente que acuda a cines, bares o que viajen en un tren a mostrar una prueba de vacunación no violan la libertad de nadie.

El pasado febrero, cuando el gobierno de Indonesia se convirtió en el primero en hacer obligatoria la vacunación para todos los adultos, la tragedia real no fue que estuviese violando la libertad de los ciudadanos, sino que los países ricos no habían donado el suficiente número de vacunas para que la ley se pudiera implementar. El resultado: Indonesia es hoy el epicentro del virus y decenas de miles de indonesios que no estaban vacunados han muerto.

Peter Singer es profesor de Bioética en la Universidad de Princeton. © Project Syndicate. Traducido por Sara Pérez.