Confinado en el hotel Semáforo de Bares

ANA F. CUBA MAÑÓN / LA VOZ

SOCIEDAD

I. F.

Francisco Javier Pardo Obra decidió pasar la cuarentena en el establecimiento que regenta desde hace casi 18 años. Sus clientes lo consideran «un privilegiado»

26 mar 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

Como Bill Murray en Atrapado en el tiempo, Francisco Javier Pardo Obra está sobrellevando su particular día de la marmota. Desde el 13 de marzo vive en el hotel Semáforo de Bares, que regenta desde agosto de 2002 a través de una concesión municipal. «Podía quedarme en Viveiro o aquí, y no dudé», comenta. Entre su piso y un hotel de película (el interior del alojamiento de la serie Néboa), optó por lo segundo y decidió hospedarse en la habitación individual, «más cómoda que la suite para uno solo», para pasar la cuarentena y, de paso, «vigilar» el negocio.

El 13, cuando ya se había anunciado la declaración del estado de alarma para el día siguiente y ya había echado el cierre, seguían llegando clientes. «Venían de Madrid y ya nos les dejé alojarse», cuenta. En las jornadas previas recibió decenas de anulaciones: «Es una faena, tenía el 100 % de ocupación para Semana Santa y otras reservas. Los bonos de lunes a jueves [que puso en marcha a comienzos de año] están funcionando muy bien». Solo tres parejas le reclamaron la devolución de la fianza. «El 97 % de la gente que canceló ha pospuesto la estancia -agradece-. Tienen la posibilidad de venir hasta el 30 de diciembre».

Todas las reservas se cancelaron, pero la mayoría optaron por aplazarlas en vez de pedir la fianza

Entre los damnificados figura una chica que llevaba tres años intentando alojarse en la deseada suite del Semáforo. «Me dijo ‘esto no me va a parar’ y mantiene la reserva, aplazada», relata, emocionado con las muestras de cariño de sus clientes habituales. Sus llamadas son lo único que altera la rutina de este coruñés de 45 años, equipado con mascarillas y guantes, pese al nulo movimiento de los últimos días. Esta semana le han telefoneado dos septuagenarias francesas encerradas en París para interesarse por el confinamiento y lamentar que este año no podrán viajar al punto más septentrional de la Península. No por el coronavirus, sino por la delicada salud de una de ellas. Son fieles al hotel desde hace tres lustros.