Nunca nos habíamos tocado tan poco. Y es posible que nunca nos hubiéramos sentido tan cerca. Volvemos a la tribu, de alguna forma. Y eso es lo que hace que este silencio de la ciudad, de la mañana a la noche, sea soportable
18 mar 2020 . Actualizado a las 05:00 h.Porque el arcoíris saldrá, recordaremos los que estos días adornan las ventanas de media ciudad. Frente a la mía hay dos. En mi despacho improvisado, como el de tantos otros coruñeses, apenas hay ruido, porque la ciudad guarda silencio. Por eso emociona aún más que los niños sean los que rompen a aplaudir a las ocho, cada tarde. Entiendan lo que entiendan, aplauden. Con ganas. Frente a mi ventana, de nuevo, ya conozco a algunos vecinos. Dos niños en un tercero, otros dos en el quinto. A los demás no los distinguimos, pero los saludamos con la mano porque sentimos que son algo nuestro, cada vez que salimos al balcón a recordar que esto no es un mal sueño y que hay quien se está dejando las pestañas y algo más cada día por sacarnos de aquí.
Qué desperdicio de sol, de cielos limpios, después de estos meses de frío, de las semanas pasadas por agua. Pero qué regalo al mismo tiempo esos rayos que se cuelan por el cristal. Parece que suena el parque a niños, pero en realidad suena a otras cosas. Puede ser ruidosa la solidaridad. La de quienes desbordaron las previsiones del concello para sumarse a la red de voluntarios. Esta semana un médico gallego que trabaja en un hospital madrileño nos decía que eso es lo que somos: solidarios. Y que por eso vamos a quedarnos en casa. Es difícil estos días quedarse con lo bueno, y sin embargo lo hay. Los carteles en los ascensores ofreciendo brazos para ir a la compra. Los niños pintando arcoíris. Los mensajes que preguntan qué tal estás, necesitas algo. Las fotografías de los compañeros de la emisora que están en casa. Las soluciones que te ofrecen los que siguen en el estudio. Las decenas de mensajes y llamadas de los oyentes que preguntan la infinidad de dudas que esto nos provoca a todos, y el infinito agradecimiento que te ofrecen cuando consigues dar con la respuesta.
Nunca nos habíamos tocado tan poco. Y es posible que nunca nos hubiéramos sentido tan cerca. Volvemos a la tribu, de alguna forma. Y eso es lo que hace que este silencio de la ciudad, de la mañana a la noche, sea soportable. Porque necesitamos saber que formamos parte de algo. Hace unos días Jorge Drexler publicó en sus redes una delicia de canción, Codo con codo, que apelaba a nuestra responsabilidad para evitar el contagio. Ahora que se nos ha venido encima esto, decía Drexler que ni eso, que ya volverán los tiempos del codo con codo. Queda esperar en casa, repartir los besos de otra forma, hacer llegar nuestra ayuda de otro modo diferente. Y aprender. Aprender para que no se nos olvide que esta tribu que los niños decoran con arcoíris es la nuestra y que cuando salga el arcoíris de verdad, porque saldrá, tendremos que seguir cuidándola.