El pin


Hace años un gigante del motor lanzó una campaña publicitaria encabezada con una frase muy simple. Una mano acariciaba el viento desde la ventanilla del coche mientras alguien pronunciaba tres palabras mágicas: «¿Te gusta conducir?». Fue un éxito. Porque era como una invitación amable. Ven. Ya verás. En general a la gente le gusta que le hagan sentir que le ceden el volante. Y odia tener la sensación de que se lo quitan y de que solo le queda la opción de sentarse, como mucho, en el asiento del copiloto. Sobre todo cuando en el vehículo viajan los suyos. El pin parental juega a eso, a ofrecer el control de los mandos por encima de cualquier otra consideración. Gasolina para montar una fiesta política. Pero cuidado con lo de pillarle el gusto al acelerador. Se comienza con las charlas, pero después pueden llegar las incursiones en las asignaturas del currículo escolar. Con la reedición de viejos clásicos que esta vez, sin duda, contarían con entusiastas palmeros. «A mi niño es que no se le dan bien las Matemáticas y él quiere ser abogado, no es justo». «A la mía el Galego le baja la nota media, que es buenísima, y es una pena». «El tema de la teoría de la evolución de Darwin es que yo no la tengo muy clara». «Y, oiga, ¿quién es usted para interponerse en el destino del pequeñajo si al pobre se le atraganta el pérfido Inglés?». También cabe la posibilidad de que lleguen señores que se escuden en su fe para impedir que sus hijas asistan a Educación Física. De hecho, los hay que sostienen que, si es niña, mejor en casa que en la escuela, porque no necesita que le metan ideas raras en la cabeza. Que para algo es suya y no del vecino.

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