¿De qué se operan los «millennials»?

Demandan, cada vez más, reducciones mamarias: tanto ellas como ellos, descontentos con el tamaño de sus pechos. Y tienen claro lo que quieren: emular los filtros de Instagram. Aumenta el interés por las técnicas no quirúrgicas y si hay una tendencia que haya irrumpido con fuerza, esa es la «dimpleplasty». El objetivo ya no es tanto mantenerse joven como sentirse saludable

Nunca antes el ser humano había sido tan exigente con su imagen: se comunica, se relaciona, se define a través de ella. Este culto, que antes era discreto, es ahora exhibicionista, esclavo de una impetuosa fiebre por retratarlo todo, por mostrar historias en lugar de contarlas. Píxeles. Selfies. Filtros. No hay publicación en redes que no sea sometida a una exhaustiva tarea previa de edición y, si la hay, presume de ello como de un éxito inaudito (#nofilters); no iba, por tanto, a ser distinto en el mundo real. Todos estos factores, a los que se suma una oportuna democratización de la cirugía estética -se le ha perdido el miedo, se habla de ella sin prejuicios y los precios son cada vez más asequibles-, han despertado un exótico interés por este tipo de tratamientos en todo el mundo, especialmente (y cada vez más) entre los más jóvenes.  

España es el país europeo donde más operaciones estéticas se realizan al año y el quinto a nivel mundial. Y esa manera de socializar a través de la imagen tiene mucho que ver con ello. «Estamos más expuestos a nuestra propia crítica», apunta Carmen Iglesias, doctora en Medicina y Cirugía y miembro de la Sociedad Española de Cirugía Plástica Reparadora y Estética (Secpre). «Nuestra percepción de nosotros mismos suele ser distinta a la que nos revelan unas fotos hechas desde malos ángulos, desde muy cerca y con dispositivos de cada vez mayor calidad. Nos vemos y nos miramos más ahora. Las redes sociales son nuestro escaparate ante los demás, en ellos nuestra imagen es importante, pero en realidad es generalmente un malestar desde nosotros mismos lo que motiva a los pacientes a realizarse algún cambio».

«Te enseñan lo que les gustaría, bien con filtros de Instagram o con fotos de famosos»

No son solo impresiones. Los datos corroboran las palabras de la especialista: uno de cada diez españoles que pasa por el quirófano lo hace influido por los selfies y por los comentarios que, a raíz de estas imágenes, hacen los demás sobre él en las redes sociales. Así, a pesar de que los aumentos mamarios y las liposucciones continúan en lo más alto de la lista de las intervenciones más reclamadas, por primera vez cuatro procedimientos relacionados con la cara se encuentran en el top ten de dicha demanda: la blefaroplastia (cirugía de los párpados), la rinoplastia (cirugía de la nariz), el rejuvenecimiento facial no quirúrgico (principalmente, rellenos con ácido hialurónico y tratamientos con toxina botulínica) y el lifting facial. «Los pacientes acuden con fotos suyas y luego te enseñan lo que les gustaría, bien a través de los filtros de Instagram, bien con fotos de famosos -detalla la doctora-. La tecnología actual nos permite cambiar nuestro contorno y forma con una facilidad que no es la que podemos conseguir con la cirugía. Nuestro trabajo consiste en enséñales cuáles son las expectativas realistas de lo que se puede conseguir, hasta dónde llegar».

Los expertos de la Secpre recuerdan que estas autofotos no son la mejor herramienta para valorar la oportunidad de una intervención quirúrgico-estética: las cámaras de los teléfonos móviles suelen utilizar objetivos con grandes angulares que, en primeros planos, pueden distorsionar las imágenes, por ejemplo, agrandando la nariz, y además no disponen de buenas condiciones de iluminación, generando sombras indeseadas.

Confirma Iglesias el diagnóstico: sí se ha detectado un aumento de intervenciones a edades más tempranas como consecuencia de esta exposición permanente y la capacidad de la tecnología de ampliar las imágenes. «Nos observamos más, vemos en grande las ojeras, el perfil nasal... y todo esto nos hace más críticos», reflexiona, y apunta que también las técnicas no quirúrgicas han experimentado un importante crecimiento. «Primero, porque no tienen ni los riesgos ni el postoperatorio de la cirugía y, segundo, porque su coste es más fácil de asumir».

¿Cirugía estética o medicina estética? 

Es importante tener clara la diferencia entre medicina estética y cirugía estética, técnicas que en muchas ocasiones se complementan, pero que son distintas. La primera utiliza prácticas médicas de pequeño intervencionismo, solo emplea anestesia local en régimen ambulatorio y sus actuaciones no pasan de los pinchazos. Tiene vocación de medicina preventiva, basada en la creencia de que tener un aspecto estético adecuado es beneficioso porque mejora la salud, en general, y porque contribuye al bienestar individual. La cirugía estética, por su parte, es una especialidad de la cirugía plástica orientada a mejorar la apariencia de ciertas partes del cuerpo por medio de procedimientos quirúrgicos. A diferencia de la reconstructiva o reparadora -centrada en disimular y reconstruir los efectos de un accidente o de un trauma, o los defectos de una malformación congénita o una resección tumoral-, la estética trata con pacientes sanos. Su objetivo es corregir alteraciones de la norma estética para obtener una mayor armonía facial y corporal, o para borrar las secuelas producidas por el envejecimiento. Esto repercute en la estabilidad emocional del paciente, mejorando su calidad de vida a través de las relaciones profesionales o afectivas.

De cualquiera de las dos la demanda no solo es alta, sino creciente. El de la estética es un sector en auge, apogeo del que llaman la atención, especialmente, dos cosas: que en los peores momentos de la crisis económica el mercado siguió en racha -concretamente el de la medicina estética aumentó entre un 8 y un 10 %- y que ya no es cosa únicamente de usuarios maduros con ganas de rejuvenecer. El estigma ha desaparecido: a pesar de que la franja de población entre los 30 y los 44 años es la que más pasa por el quirófrano, cada vez son más los jóvenes que, entusiasmados, se someten al bisturí o a procedimientos menos invasivos para mejorar su imagen. Solo el 1,9 % de las intervenciones se realizan a menores de 18 años, en su inmensa mayoría por motivos más clínico-funcionales que estéticos.

Según la Secpre, aunque la motivación para someterse a una operación de cirugía estética es muy personal, hay factores externos, como el anteriormente citado culto a la imagen o la orientación actual de la sociedad hacia la juventud, que influyen significativamente en esta decisión. Hoy en día el aspecto físico joven y dinámico es primordial para poder competir en igualdad de condiciones profesionales. Similar importancia tiene una buena apariencia en las relaciones sociales y afectivas. Pero en España se realizan 398.350 intervenciones de cirugía estética al año. Las motivaciones son mucho más complejas que el simple empeño de quitarse años de encima.

El 83,4 % se practican a mujeres y el 16,6 %, a hombres (un porcentaje, el masculino, que en cuatro años se ha disparado cuatro puntos). A ambos les preocupan, especialmente, la acumulación de grasa y el tamaño de sus pechos. Las liposucciones son, en general, las operaciones más demandadas y ellas acuden a menudo a especialistas para someterse a aumentos mamarios. Sin embargo, y cada vez más, también reclaman actuaciones para su reducción. Dos factores explican, tal y como indican los expertos, este urgente interés por los senos pequeños: el primero es un motivo clínico, el dolor de espalda (la sanidad pública no cubre esta operación); el segundo, los cánones de belleza actuales. Lo curioso es que esa tendencia se ha extendido al sector masculino de la población, descontento con el desarrollo excesivo de sus glándulas: la ginecomastia es la segunda técnica que más demandan. Este aumento de tamaño suele asociarse a desequilibrios hormonales o al consumo de determinados fármacos o esteroides anabolizantes para conseguir más masa muscular; lo que hacen los cirujanos plásticos es intervenir para mermar o extirpar dichas glándulas.

En la franja de 18 a 29 años, el aumento de mamas es la operación más demandada por las mujeres y la ginecomastia, por los hombres. A partir de los 30, ellas siguen interesadas en tener un escote generoso y ellos empiezan a ponerle remedio a la grasa acumulada. Pasados los 45 años, el rejuvenecimiento comienza a ser prioridad: los hombres cambian de tercio y se lanzan a corregir la caída de los párpados y las bolsas de los ojos mediante la blefaroplastia -al contrario de lo que se cree, no elimina las patas de gallo u otras arrugas, ni tampoco la caída de las cejas- y las mujeres, la del pecho. Además, ellos también reclaman habitualmente intervenciones de nariz (rinoplastias) y de orejas (otoplastia).

Hay, sin embargo, una curiosa tendencia entre los usuarios más jóvenes. Se conoce como dimpleplasty, una cirugía de hoyuelos que tiene como fin impostar esas simpáticas muescas visibles que suelen formarse en mejillas y mentón al sonreír. Estas «abolladuras» en el rostro han pasado a considerarse, tal es la influencia de quienes con nombre propio las lucen por naturaleza, como Ariana Grande, Harry Styles o Miranda Kerr, saludables signos de belleza, fascinantes e incluso adorables marcas cutáneas cargadas de personalidad. 

Lo cierto es que, estrictamente, los hoyuelos son un defecto genético, resultado de una brecha en el músculo cigomático mayor, situado en los lados de la cara. Esto hace que los ligamentos faciales sean más cortos de lo normal, por lo que las muescas solamente son visibles al realizar algún gesto. El procedimiento para emularlos es sencillo: una pequeña incisión en la boca del paciente para conseguir unir el músculo facial de una forma artificial y lograr una apariencia lo más natural posible.

Si se analizan las tendencias en medicina estética -prácticas médicas y de pequeño intervencionismo que no requieren ingreso hospitalario-, la predisposición es muy similar: según un estudio del año 2017, encargado por la Sociedad Española de Medicina Estética (SEME) a la consultora Hamilton, el 30,5 % de la población ha recurrido alguna vez a estos servicios, un porcentaje que, además, se ha elevado en ocho puntos en tan solo cuatro años. ¿A qué se debe esta escalada? A una cultura de la salud no solo muy interiorizada ya, sino también en boga: hay una simpatía y una proclividad significativa por los hábitos de vida saludables. Los tratamientos son, además, cada vez menos invasivos. El 70 % de los usuarios de este tipo de procedimientos son mujeres y el 30 % hombres, lo que revela que ellos, de momento, prefieren estas intervenciones menos agresivas al bisturí. El 95 % de esas mujeres son de clase media-alta y la mayoría (un 31 %) de entre 26 y 35 años.

En cuanto a los tratamientos, los más demandados son los faciales -la eliminación de manchas, los peeling (principalmente por las mujeres) y los tratamientos de acné (en hombres, sobre todo)-, seguidos de los corporales - la fotodepilación, la eliminación de manchas y técnicas para adelgazar-, los capilares y los antienvejecimiento (antiaging) que, sin embargo, crecen muchísimo: en cuatro años se han cuatriplicado.  Pero, ¿por qué se elige esta opción frente al quirófano? Porque se quiere mejorar la apariencia física, pero hacerlo de una forma natural, sin que se note, sin cambiar la fisionomía. Según la SEME, no se trata tanto de rejuvenecer como de tener una apariencia saludable, el nuevo Santo Grial de los millennias: sentirse bien, sentirse sano, física y mentalmente. 

«Los labios de Michelle Pfeifer, por bonitos que sean, no le quedan igual de bien a todas las mujeres del mundo»

«Hay dos grupos perfectamente diferenciados -sostiene el doctor Alberto Morano, vicepresidente de esta asociación científica-. Una gran mayoría de jóvenes acuden a la consulta de medicina estética solicitando información sobre tratamientos preventivos o para corregir pequeñas imperfecciones: buscan una piel saneada, uniforme en textura y color, sin manchas. Si hablamos de tratamientos corporales, sin duda la mayor preocupación es la celulitis y la grasa localizada. Este grupo de gente pide asesoramiento, está muy informada por Internet y demandan moderación en los resultados». Hay un segundo grupo de jóvenes que acuden con ideas claras: «Demandan cuestiones muy concretas, por ejemplo, labios más voluptuosos y turgentes, marcación de pómulos o de la línea mandibular, definir el área periocular entre otras. Este tipo de pacientes se rigen más por las tendencias de las redes sociales».

El doctor Morano destaca, para explicar esta creciente fascinación, el grado de afinamiento de los resultados. Los tratamientos son cada día menos agresivos, menos «evidentes». La tendencia actual es huir de «lo mismo para todos», de los procedimientos que crean «caras uniformes, parecidas o iguales». Hoy se impone la discreción, las actuaciones individualizadas según las características de cada uno. «Los labios de Michelle Pfeifer, por bonitos que sean, no pueden ir bien a todas las usuarias».

Recurre el experto a una máxima que reiteran todos los especialistas consultados: la prevención es lo que prima, buscar el aspecto sano y saludable; más el culto a la salud, a sentirse bien física y mentalmente, que el puro y duro culto al cuerpo.

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