Un símbolo que se desvaneció

La capital de As Burgas vivió en 1989 una movilización sindical sin precedentes por el cierre de la factoría de Citroën. Tras meses de protestas se consiguió que no se perdieran empleos

Etelvino Blanco, de la CIG, José Gómez, de C.C.O.O., y dos trabajadores en la que era la nave de Citroën.
Etelvino Blanco, de la CIG, José Gómez, de C.C.O.O., y dos trabajadores en la que era la nave de Citroën.

ourense / la voz

Hubo un tiempo en el que Ourense tuvo una fábrica de Citroën. Con cerca de un millar de puestos de trabajo, y situada en el polígono de San Cibrao das Viñas, representaba mucho para una provincia en la que la industrialización no era entonces, y no es ahora, el punto fuerte. Era, de hecho, la empresa más grande, que había estado operativa desde 1976 y parecía tener una gran estabilidad.

Pero no era así. Un plan diseñado por el grupo francés PSA contempló el cierre de las instalaciones, que se hizo en varias etapas. Primero se montó una empresa, del grupo Sommer-Allibert, a la que se derivaron varios cientos de trabajadores. Las malas noticias para el resto llegaron en la primavera de 1989. Sin negociación previa. «Recordo perfectamente o día que se entregaron as cartas de despido aos traballadores; había moita xente con lágrimas nos ollos e o papel na man», recuerda Etelvino Blanco, entonces líder de la CIG, que asegura que «aquilo foi un drama, porque a xente tiña a Citroën como un símbolo, que entón se esvaeceu. A empresa maltratounos e fixo todo mal, polas bravas». Y es que PSA quería cerrar la factoría sin más opción que el despido, y aquello era inaceptable. «Se montó una lucha obrera sin precedentes, que supuso el fin del sindicalismo amarillo y que al final permitió que no se perdieran puestos de trabajo», recuerda José Gómez, de Comisiones Obreras, hoy ya jubilado.

Pero para conseguir esa victoria laboral, con sabor agridulce, tuvieron que pasar muchos meses de manifestaciones en Ourense, Vigo y Santiago, y acciones no exentas de tensión. Una de las jornadas más intensas se vivió cuando los trabajadores se encerraron en la fábrica y retuvieron a los directivos. «Las esposas de los empleados, sus familiares, se presentaron también allí y no se dejaba salir a nadie hasta que la empresa se aviniese a negociar. Entonces el gobernador mandó a la Guardia Civil y pensamos que iba a ocurrir una desgracia, pero la sangre no llegó al río. Todos resistimos, los trabajadores demostraron gran entereza, y al final, gracias a la mediación de ese mismo cargo político, se fijó un día y una hora para una reunión», recuerda el sindicalista.

Los encuentros con la directiva francesa tuvieron lugar en Madrid, en el hotel Meliá Castilla. «Chegamos a un principio de acordo unha vez que todos entendemos que non había ningunha posibilidade de que a factoría ourensá permanecera aberta», cuenta Blanco. Después de muchas negociaciones se logró que la empresa permitiese a los empleados que así lo desearan trasladarse a la fábrica de Citroën de Vigo, con las mismas condiciones de salario. Quienes quisieran quedarse en Ourense podrían integrarse en otra empresa de automoción, Lavauto. «O positivo foi que despois de tantas mobilizacións os traballadores saíron ben, porque ao principio parecía impensable gañar a batalla fronte a unha multinacional», cuenta Etelvino Blanco, que valora también las nefastas consecuencias que tuvo aquello para la economía ourensana. «A media de idade dos traballadores era de 30 anos. Eran familias con nenos que lle daban vida á cidade, e todo iso perdeuse. Foron máis de trescentas familias que fortaleceron a economía de Vigo en detrimento da de Ourense», recuerda. «Ourense supo lo que era perder una fábrica», rememora también con tristeza José Gómez, que lamenta que los políticos de la época no hicieran nada para llenar aquel enorme vacío, tanto económico como social, que dejó el cierre de Citroën. Con todo, ambos valoran el gran salto cuantitativo que el sindicalismo ourensano dio en aquellos meses y lo importante que fue la unión de todos para lograr un buen acuerdo. Quizás puede decirse que Ourense nunca volvió a ser la misma desde entonces, en muchos sentidos.

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