Roma: ellas, las invisibles


Netflix ya enseña los dientes. Y en esa sonrisa brilla el oro del nuevo rico. En este caso, resplandece el dorado de los Óscar. Quedará Roma como una conquista en territorio enemigo, sea cual sea el reparto en la noche de los premios más importantes de la industria cinematográfica. Para algunos ya se ha consumado la herejía: los últimos mercaderes no solo se instalan en el templo, es que a estas alturas ya están subidos en el altar y en plena homilía. Nunca sabremos qué hubiera sido de la película si dependiera de los grandes estudios y si hubiese sido proyectada por las distribuidoras de siempre. Es imposible imaginar ese camino. Pero, más allá de que el lienzo sea la pantalla grande o el pequeño escaparate privado, es una obra de arte. La vida misma en blanco y negro. Cocción lenta, reposada. Planos en verso. Una sala de pasos nunca perdidos, de ecos, de rayos que se cuelan, de cortinas que abren y cierran. La humanidad y el drama de un parto. El placer de un día libre. El desgarro de un adiós. El terror en unas simples olas. Pero es, sobre todo, una bella oda a ellas, las invisibles. Ni siquiera secundarias, puro atrezo en innumerables realidades e incontables ficciones. No solo es una carta de amor a las empleadas del hogar. A la madre. A la amiga. A la esposa. A las que tantas veces flotan en profundidades abisales, suspendidas en zonas oscuras. Ausentes en su presencia. Siempre parte, casi nunca juez. Marcadas a hierro de siglos por el «oír, ver y callar», lo mismo en medio de un tiroteo que ante una traición íntima. Hay una frase que se clava. «Estamos solas, no importa lo que te digan». No todas. No siempre. Pero tantas veces...

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