El niño pobre que fue «rey» con una bici

Ocurrió en 1958, pero Manuel lo recuerda «como si fuese ayer». Alguien le donó una bicicleta y su vida cambió


pontevedra / la voz

Podría ser un cuento navideño de Charles Dickens. Pero es una historia real, con un protagonista de carne y hueso llamado Manuel Iglesias. Era él, en los años cincuenta, uno de tantos niños de aldea gallegos, un Balbino como el de Neira Vilas, que iba a la escuela, pero también trabajaba de criado y ayudaba en el campo. «Entonces no había dinero para nada», recuerda. La patrona a la que servía en su propia parroquia -en Carracedo, Caldas de Reis- quería que se preparase. «Fue ella quien me metió en un taller de Caldas a aprender el oficio, para ser alguien en la vida», dice. Iba andando todos los días hasta la villa termal: seis kilómetros a pie de ida y otros tantos de vuelta, apurando las piernas para intentar llegar a la escuela. Hasta que un lluvioso día de diciembre de 1958, cuando era un adolescente, una obra de caridad le hizo sentir «el rey», como cuenta entrecortándosele la voz sesenta años después.

Salía del taller, llovía a cántaros y Manuel vio «un coche aparcado con una señora dentro». No lo dudó. Le preguntó si podía llevarle a casa para evitar la mojadura, y ella le dijo que esperase a ver si venía su marido. Cuando él llegó, el rapaz subió al coche y le llevaron hasta Carracedo. El esposo de esa mujer, según recuerda Manuel Iglesias, era Pedro de Llano López, entonces director de La Voz de Galicia. El muchacho les contó su día a día, sus caminatas, su esfuerzo por llegar al taller y a la escuela... y el impacto debió ser tremendo. Porque unos días después en La Voz se recogía su historia y se hacía un llamamiento para ver si alguien podía ayudarle.

No apareció una sola, sino muchas más personas que querían echarle una mano. Un donante anónimo, tal y como recogía una crónica de La Voz de Galicia en 1958, llevó hasta la sede del periódico en A Coruña una flamante bicicleta para el muchacho, bautizado por el rotativo como «el niño de Carracedo». El propio director de La Voz viajó en un endiablado día de tormenta a Caldas para entregársela a Manuel Iglesias. Allí, en el emblemático café Victoria, se había montado una fiesta para recibir el vehículo. Estaba la corporación, el sacerdote, el médico... Y, por supuesto, aquel muchacho humilde de Carracedo.

Emigró a Bilbao

Todo ello está en la hemeroteca del periódico. Pero la historia estaba incompleta. ¿Qué fue del niño de Carracedo? Manuel Iglesias tiene ahora 78 años y vive en Bilbao, la ciudad a la que emigró. Es recordar la historia de la bicicleta y que Manuel llore al otro lado del teléfono: «Me acuerdo como si fuese ayer. En aquel entonces yo ni soñaba con una bicicleta... y fui el rey con ella. Caldas fue una fiesta», dice. Cuenta también que su día a día cambió por completo: «Ya no había distancia que se me resistiese. Hasta pude ir a aprender a conducir camiones allá a Estacas, a unos treinta kilómetros de mi casa».

Poco antes de cumplir la veintena, metió la bicicleta en uno de aquellos trenes llenos de emigrantes. Se apeó con ella en Bilbao y durante un tiempo la utilizó para ir al trabajo. «Al principio fui de peón de albañil e iba en la bici, hasta que ya pude empezar a coger el autobús. Entonces, en un viaje que hice a Galicia, la volví a llevar de vuelta y aún la aprovecharon mis hermanos, ya que éramos seis», explica.

La bicicleta, sesenta años después, permanece aún en el desván de la casa de Carracedo. Está vieja y en desuso. Pero suele cobrar vida en las comidas familiares. Lo dice Garbiñe, hija de Manuel Iglesias: «Mi padre nos ha contado muchas veces esa historia, es algo que le emociona y a nosotros también». A Manuel el recuerdo le atraviesa el alma, y eso se nota incluso a través del teléfono. La bici, como si fuese un artículo mágico, rescata su infancia, el olor de su aldea. Le recuerda su llegada a Bilbao, el momento en el que «una salmantina guapa» se cruzó en su camino para ser su compañera de vida. Le lleva a su trabajo en el andamio, a cómo consiguió tener su empresa y sacar adelante a tres hijos. Le traslada a la felicidad de la jubilación y a los seis nietos que adora. Y, cómo no, le hace aflorar la morriña: «Un saludo para los gallegos», dice antes de que la emoción le apague la voz.

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