Anda los donuts... ¡anda la cartera!

Un estudio ha constatado que el cerebro valora más los alimentos ricos en grasas y azúcares


¿Merece la pena gravar los alimentos procesados? Antes de que nuestros líderes políticos y legisladores se lancen a imponer nuevas tasas sobre todo tipo de preparados, comidas y alimentos procesados que inundan las estanterías de los supermercados, a fin de proteger nuestra salud y como medida para combatir la obesidad, tal vez no sería mala idea que considerasen los resultados alcanzados por un reciente estudio publicado en Cell Metabolism.

Estudio que ha constatado que nuestro cerebro prima o valora más los alimentos que son a la vez ricos en grasas y azúcares -una combinación característica de gran cantidad de productos procesados- frente a los que únicamente son ricos en unas u otros. Aún a pesar de que aporten la misma carga calórica. Por ejemplo, un donut o cualquier otro ejemplar de bollería industrial, frente a un refresco hiperazucarado o una tabla de quesos. Y peor aún -y más relevante para esta reflexión- que estamos dispuestos a pagar más por ellos.

Para alcanzar estas conclusiones, los investigadores de la universidad de Yale sometieron a los doscientos voluntarios del estudio a una serie de experimentos. Uno de ellos consistía en hacerles entrega de una cantidad limitada de dinero con la cual debían pujar por diferentes alimentos. Comprobando de este modo que la mayoría estaban dispuestos a pagar el gusto y las ganas por los alimentos que combinaban grasas y azúcares con tal de hacerse con ellos.

Mediante escáneres cerebrales observaron que la visión de este tipo de alimentos provoca una mayor actividad en el cuerpo estriado, la región del cerebro que alberga el conocido como centro de recompensa. Y cuya estimulación activa la liberación de dopamina, un neurotransmisor que, entre otras funciones, es responsable de la sensación de placer y bienestar.

Los autores del estudio teorizan que ello es debido a que el cerebro dispone de dos sistemas o circuitos distintos para evaluar el contenido de grasas y azúcares respectivamente de los alimentos. Y que cuando ambos se activan de manera simultánea, se produce una sobreestimulación que conduce a una mayor liberación de la placentera dopamina.

Algo que, a su vez, consideran es un defecto del proceso evolutivo. Toda vez que para nuestros ancestros cazadores-recolectores, toparse con un alimento doblemente rico -en grasas y azúcares- era algo extraordinario. Es decir, algo que no sucedía prácticamente nunca y, por lo tanto, frente a lo que no había que tomar precauciones. (Más bien al contrario, porque por entonces encontrar un alimento así supondría un regalo para la supervivencia).

Retomando la idea del primer párrafo, dichas conclusiones parecen, al menos en principio, desmontar o poner en suspenso la efectividad de los impuestos sobre determinados alimentos. Que incluso podrían resultar contraproducentes por cuanto incrementar el gasto en ellos sólo conseguiría que hubiese menos para otros alimentos más sanos pero menos irresistibles a juicio de nuestro «ancestral» cerebro.

Todo lo anterior nos conduce a una cuestión si cabe más trascendente: la necesidad o cuando menos conveniencia de que los gobiernos cuenten con agencias y comités integrados por científicos que generen conclusiones y datos mediante la aplicación de una metodología científica, como apoyo y respaldo a la hora de la toma de decisiones. Para garantizar que estas sean objetivas y basadas en hechos y evidencias.

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