Las buenas intenciones

La vanidad no es el único sentimiento que se pone a trabajar en Occidente para alimentar al Tercer Mundo


Iba yo por la calle de Fuencarral de Madrid. Una chica joven y bonita me miró muy fijamente y me dijo con voz cálida, aunque un poco impostada: «¿Dónde estabas? Llevo todo el día esperándote». Naturalmente, no me lo creí. Unos días antes, en el mismo lugar, me lo había dicho otra chica parecida. Las dos llevaban puesto un peto de la misma organización humanitaria, y obviamente las dos habían hecho el mismo cursillo de técnicas para conseguir donaciones en la calle. Esta técnica en particular consiste en copiar los recursos del romanticismo, lo que simplemente podríamos llamar ligar. La teoría es que el tipo de mediana edad se detendrá, halagado, y acabará inscribiéndose como donante para mandar dinero a las víctimas de una hambruna o para salvar a las ballenas. El bien de la causa es lo que justifica este engaño del coqueteo y ese coqueteo con el engaño.

La vanidad no es el único sentimiento que se pone a trabajar en Occidente para alimentar al Tercer Mundo. Aunque nadie quiere reconocerlo así, también se puede sacar mucho de la soledad, de la frustración y la melancolía. Así, a la señora mayor, le ponen a un joven que se parece a su nieto. A la mujer insegura un tipo que se parece al chico de clase que nunca le hizo caso. Al anciano solitario, una joven que le recuerda a su hija que se marchó de casa a esa edad por una discusión tonta. Al final, muchos de ellos firman. Eso sí, cada vez que ponen su firma en el papel, se arregla un problema en el mundo, con lo que todo este jugar con los sentimientos está justificado, como se apresuran a decir las personas serias cuando alguien lo critica.

Yo no lo critico. Siempre he sospechado que las virtudes, como todos los metales valiosos, aparecen de forma natural en aleación con los defectos. No puede haber heroísmo sin una dosis de temeridad, ni compasión sin paternalismo, ni idealismo sin fanatismo. Tampoco generosidad sin una pizca de egoísmo. Contra lo que pudiese parecer, esta no es una visión pesimista de la condición humana. Todo lo contrario. Cuantitativamente, hay más defectos que virtudes, por lo que la única forma de mejorar el mundo es sacándoles partido.

Hace años, el sentimiento que se explotaba para estas cosas era todavía el de la culpa, un valor seguro que ha construido la mitad de Europa. Sobre ella se habían edificado las catedrales y las iglesias, los hospicios, los asilos de pobres. Buena parte de lo que ahora llamamos Patrimonio Cultural no es sino el producto del miedo al Purgatorio de los ricos de los siglos pasados. Los niños que a finales del siglo pasado recorrían las calles haciendo cuestaciones con sus huchas en forma de chinitos, tenían a su favor una larga inercia histórica.

Luego la culpa pasó de moda y surgió la idea de hacer que la caridad adoptase el aire digno de un negocio rentable. Las calles de las grandes ciudades se llenaron de sin techo que repartían periódicos gratuitos a cambio de la voluntad. Yo siempre les daba algo, con la complicidad del que forma parte del mismo gremio. Era una buena idea pero también un pequeño engaño, una mentira blanca, porque pocos cogían los periódicos y casi nadie los leía. Fracasó, y todo lo que queda de aquello es algún mendigo que recorre Madrid pidiendo limosna con una única portada plastificada que anuncia la invasión de Irak. Su lugar lo han ocupado los jóvenes del peto y la carpeta de clip. Pero el principio es el mismo. Sin Purgatorio y con el ideal del emprendimiento en crisis, estos son los nuevos intermediarios que tienen el cometido de transformar nuestras virtudes y nuestras debilidades en dinero contante y sonante.

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