Eres repugnante, le dijo. Eres repugnante y lo que haces es asqueroso, insistió. ¿No puedes hacer eso en otro sitio?, Es repugnante, le espetó. Jessi Maher es repugnante porque alimentaba a su hija en una cafetería. Es asquerosa porque le estaba dando el pecho. Repugnante, le dijo aquel hombre. Tiene razón. El término es repugnante. Es, justamente, repugnante. Repugnante es que alguien considere repugnante la lactancia materna. Repugnante es que haya mujeres a las que invitan a abandonar lugares públicos porque están dando de comer a sus hijos. Es repugnante. Es repugnante ver a madres abochornadas dando de mamar en los cuartos de baño de los centros comerciales. Es repugnante verlas encerrarse en los coches para poder amamantar con tranquilidad. Es repugnante verlas avergonzadas. Repugnante es que tengan que soportar miradas de desaprobación por dar el pecho. Es repugnante. Repugnante es que tengan que esconderse. Que haya redes sociales que censuren imágenes de lactancia. Es repugnante que la sociedad que les arrebata el derecho a dar el pecho en paz es la misma que luego utiliza esos mismos pechos repugnantes para vender coches, perfumes y electrodomésticos. Lo que sea. Repugnante. Repugnante es que todavía existan personas que se creen con derecho a decirle a una madre amamantando a su hijo que lo que hace es repugnante. Sí. Es todo repugnante.