El espíritu de la máquina

Miguel Murado
Miguel-Anxo Murado ESCRITOR Y PERIODISTA

SOCIEDAD

Ed

Cuando se discute la cuestión de si los ordenadores pueden llegar a ser tan inteligentes como los humanos, el problema acaba siempre en lo mismo: en cómo definir la inteligencia, lo que no es nada fácil

12 mar 2016 . Actualizado a las 10:47 h.

Cuando se discute la cuestión de si los ordenadores pueden llegar a ser tan inteligentes como los humanos, el problema acaba siempre en lo mismo: en cómo definir la inteligencia, lo que no es nada fácil.

Por ejemplo, estos días se está celebrando en un hotel de Seúl uno de esos eventos que son el equivalente de la pelea de gallos de la controversia humano-máquina: un programa de ordenador llamado DeepMind AlphaGo se enfrenta al mejor de cinco partidas con el que se considera el segundo mayor experto del mundo en el juego del go, un coreano de 33 años llamado Lee Sedol. El go es mucho más complejo que el ajedrez, pero el ordenador ya ha ganado las dos primeras partidas. Suficiente como para que se lo califique de hecho histórico.

¿Lo es? Digamos que es un paso más para la ingeniería informática, pero uno bastante predecible. El go es un juego computacional y un ordenador, lógicamente, es mejor y más rápido calculando que un ser humano. Asombrarse de esto sería como maravillarse de que el peor de los coches corra más que Usain Bolt. Y luego está la eterna paradoja: cualquier logro de la inteligencia artificial supone implícitamente su derrota frente a la inteligencia humana, porque es esta la que fabrica la máquina, como explicaba recientemente el presidente Rajoy, aunque fuese de una manera un tanto confusa.

Veremos qué ocurre en las partidas que quedan. Hoy se celebra la tercera. Pero a mí este asunto me ha hecho acordarme de aquel otro encuentro de 1997 en el que un ordenador llamado Deep Blue se enfrentó y ganó al gran campeón de ajedrez Gary Kasparov. Hoy hay muchos programas que pueden lograr esta hazaña, pero hace veinte años se consideraba ya que aquel era el reto definitivo en la competición entre humanos y máquinas.

Había un poco de trampa, porque Deep Blue no era simplemente un ordenador creado para jugar al ajedrez, sino que estaba programado específicamente para ganarle a Kasparov. Los ingenieros de IBM lo habían atiborrado de secuencias de partidas del maestro y de reglas lógicas copiadas de las que él aplicaba en sus jugadas. Es decir: que Kasparov se enfrentaba a sí mismo como un púgil boxeando contra su propia sombra.

Pero, sobre todo, la historia nunca se cuenta bien. Falta siempre el detalle más importante: a causa de un fallo de software, el ordenador cometió un error en el cuadragésimo cuarto movimiento de la primera partida. Se hubiese quedado bloqueado, pero contaba con un mecanismo de emergencia para estos casos que le hacía jugar un movimiento válido cualquiera al azar, sin ninguna intención estratégica.

Y resulta que ahora se cree que fue ese azar, no la inteligencia de la máquina, el que acabó con Kasparov. Suponiendo que el ordenador no podía cometer errores, el maestro se quedó desconcertado ante esta jugada sin sentido y reconfiguró mentalmente su propia estrategia. En la segunda partida, las cosas empezaron a irle mal y al final acabó perdiendo. Irónicamente, los programadores de Deep Blue detectaron luego el fallo de software y lo repararon, devolviendo a la máquina a un estado en el que, posiblemente, no hubiese podido derrotar a Kasparov.

Los titulares de prensa de entonces proclamaron la victoria de la inteligencia artificial. Pero el asunto era más profundo e interesante: Kasparov se había derrotado a sí mismo por creer que una máquina no puede cometer errores, y Deep Blue había ganado porque había llegado a adquirir, aunque fuese fugazmente, lo que de verdad caracteriza a la inteligencia humana: precisamente la capacidad de equivocarse.