Adiós al Algarrobico

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El hotel, varado en la playa almeriense de Carboneras, ha sido la metáfora recurrente del desastre de la costrucción en la costa mediterránea

20 feb 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

Fue en las playas de Almería donde John Lennon compuso Strawberry Fields Forever, el himno oficioso de la alucinación. Y eso que todavía no se había levantado en una de esas playas el hotel del Algarrobico. De hecho, fue casi cuatro décadas más tarde cuando una empresa tuvo la idea de construir, en primera línea de playa y en un espacio natural protegido, este engendro famoso que parece un verso suelto de la canción.

Varado en la playa de Carboneras como una ballena blanca gigantesca, el hotel del Algarrobico ha sido la metáfora recurrente del desastre de la construcción en la costa mediterránea y de los destrozos del turismo de masas. Es quizás el monumento por antonomasia a la burbuja inmobiliaria, el Escorial de la cultura del chiringuito y la sangría. Los defensores de la naturaleza han estado luchando durante más de una década para que se derribe, enfrentados a una coalición circunstancial de especuladores del suelo y parados locales, que han hecho lo posible por preservarlo. Ha sido una batalla dura, que se ha librado en los despachos y en los tribunales, y que ha estado trufada de sorpresas y chanchullos. Hasta que finalmente esta semana parece que ha llegado a término: el Tribunal Supremo acaba de fallar que el hotel está en terreno no urbanizable y que, por lo tanto, procede su demolición.

Hace poco más de un año estuve vagando por esa playa de Carboneras en una pequeña peregrinación cinéfila. Quería localizar los planos que se rodaron allí para Lawrence de Arabia, que vi por primera vez de niño en el Kursal. En la película, la playa hace el papel de la ciudad de Aqaba, hoy en Jordania. Conozco Aqaba y quería ver cuánto se le parece. Resultó que mucho: la media luna brillante de la arena, la montaña volcánica al fondo, la rambla que desemboca en el mar? Por supuesto, no estaban las casas blancas ni las mezquitas ni las posiciones de artillería que aparecen en la película y que se hicieron en madera pintada. Donde estaba Aqaba no hay más que un solitario cubo de basura municipal y uno de esos iglús de plástico para el reciclado de vidrio.

Hice una foto y todo lo que se ve en ella es el gigantesco hotel del Algarrobico, que, por cierto, es un pastiche de la Aqaba de la película. Vistas de cerca, sus torres imitan la forma de las casas y las mezquitas de la ciudad de cartón piedra, solo que en cemento. Es como si alguien dormido en la playa hubiese soñado el sueño del cine durante una mala digestión. Pero, como dice Lennon en Strawberry Fields Forever, todos sabemos cuando un sueño es un sueño.

Reconozco que tengo sentimientos encontrados respecto al feísmo arquitectónico: lógicamente, no me gusta, y me alegro de que los conservacionistas ganen sus batallas contra el impacto ambiental. Por otra parte, no puedo evitar ver en el feísmo el género arquitectónico más humano que existe, en el sentido de que es el que resume mejor los excesos y las pasiones de cada generación. Por eso me alegro de que finalmente haya prevalecido el respeto a la naturaleza frente a la especulación pero, cuando tiren el hotel del Algarrobico, espero que dejen algún pequeño vestigio de lo que fue. No como homenaje, sino, si se quiere, como advertencia. Esa es la función que han cumplido las ruinas históricamente. Al fin y al cabo, el Algarrobico, inacabado, nunca fue otra cosa más que una ruina provisional. Ha cumplido bien con su papel de símbolo. Y como todo lo que desaparece, bueno o malo, creo que se merece un obituario.