El día amaneció claro y despejado, era el mes de enero pero en el pequeño pueblo al sur de Las Islas de San Borondón, la temperatura era suave y el mediodía invitaba a tomar el aperitivo en una terraza.
Como todos los días el anciano y plácido jubilado alemán se sentó y con su mejor sonrisa se dirigió al joven camarero que acababa de iniciar una etapa laboral y procuraba atender con la máxima diligencia. Habían pasado varios meses desde el último contrato, y no podía desaprovechar esa oportunidad que se le brindaba.
Una cerveza, pidió el anciano, al tiempo que su mano temblorosa se dirigía hacia el pitillo que fumaba. Una vez atendido se sumió en sus reflexiones, sorbiendo la cerveza de tiempo en tiempo y aspirando con deleite el humo del cigarrillo.
Plácido y relajado despertaba en todos los que le conocían gran simpatía por su siempre eterna sonrisa y sus modales perfectos.
En la plaza del pueblo donde se situaba la terraza en que se encontraba el anciano prácticamente no quedaba sitio libre, ya que las mesas de los bares la ocupaban plenamente.
En un rincón estaban los jubilados del pueblo, de pie, mirando a todos aquellos que con su turismo de jubilación ocupaban la plaza. Ellos no podían permitirse el sentarse en la terraza a tomar nada, solo el estar de pie al sol y comentar de tiempo en tiempo alguna novedad del pueblo.
El jubilado alemán cerró los ojos y volvieron a aparecer las imágenes casi olvidadas de su juventud, cuando lleno de fervor patrio soñaba con una Europa germanizada. Luego todo acabo dramáticamente y el sueño desapareció, no iban a tener a Europa bajo su dominio. La voz del joven camarero le sobresaltó sacándole de su ensoñación .«¿Puedo servirle en algo más, señor?», le preguntó. Una sonrisa se esbozó en su rostro surcado de arrugas, de alguna manera su sueño de dominio se estaba cumpliendo.
Luis Resano Valls
A Coruña
67 años
Ingeniero naval jubilado