Noche en Compostela

La Voz

SOCIEDAD

41 años.

Cambre

Carlos

Otero

Couto

La máquina de música ocupa la esquina de siempre, renovada, pero con la misma selección de temas que antaño. La clientela apura las horas de vigilia entre cervezas, licores y excelencias de etiqueta negra, mientras se entretiene charlando al abrigo de los muros centenarios que ahogan el sonido de sus voces. Ameniza el ambiente Al Stewart entonando el inmortal The year of the cat. Casualidad o no, el caso es que solía elegir este tema cada vez que me dejaba caer por el local en mis madrugadas de estudiante. Y aquí me encuentro de nuevo, veintitantos años después, acomodado en la barra de este rincón nocturno que es un emblema de las almas gatunas que rondan la zona vieja de Santiago. Me agrada comprobar que el druida que fue boxeador y marinero al servicio de la flota de su británica majestad, cazador en Alaska, residente en Borneo y Spanish man en el Nueva York de los cincuenta, se mantiene todavía al gobierno de la barra de este singular navío de copas, capeando los avatares merced a su fiel clientela y a la exquisita variedad de licores que decoran sus pulcras estanterías de madera. Apuro mi ronda compartiendo espacio con dos paladines de la noche; uno de ellos viejo conocido, y el otro de visita por Galicia y a punto de partir a su Seattle natal, donde seguro echará de menos los pimientos de Padrón y un cargamento de 1906 para las horas vespertinas. Si lo sabré yo. Y en su rincón de nostalgias añadirá al cajón de los recuerdos dos fotos del templo del apóstol, leyendas de San Andrés de Teixido, tres palabras en español y la memoria de esta madrugada disuelta en varios Hendricks con tónica, aderezados con las historias de un barman que, con su irreverente y fluido inglés, se ha ganado un cliente que a buen seguro le recordará más de una vez a orillas del Pacífico. Suenan los acordes de un clásico de B. B. King cuando abandonamos el local y, entre risas, caminamos por el empedrado de la Conga hacia Platerías, vagando con paso errante bajo la luz de las vetustas farolas que iluminan tímidamente la calle.