Trastos


-He leído demasiados libros y visto demasiadas películas como para resignarme a algo tan mediocre- le dije.

Él me miró con la misma cara de confusión con que lo hacía cada vez que decía algo así. Después se giró, y volvió la cabeza hacia la televisión encendida, cuyas luces parpadeantes sabían captar su atención mucho mejor de lo que jamás era capaz de hacerlo yo. Pero esta vez era distinta. Quizás fuera el cansancio, la ira acumulada tras horas de conversaciones hipócritas y autocomplacientes, o quizás fuera solo que mi cabeza había dicho basta. Así que apagué la caja ruidosa, y me puse frente a él.

-Esto no es lo que quiero, ya no- le dije. De nuevo, él parecía confuso. -¿Qué es lo que no quieres?- respondió. Hubiera sido más honesto, y más valiente, decirle no te quiero a ti, a tus patéticos lamentos, a tus aspiraciones de todo a cien, a tu maldita cara de confusión cada vez que digo algo que requiera un mínimo nivel de atención. Pero era demasiado cobarde para ello, si no lo fuese jamás habría llegado a esa situación.

-No quiero esto. Quiero, necesito, algo más. Cambiar- dije. Otra vez la misma cara.

-Podemos redecorar, el viernes tengo la tarde libre. Iremos a mirar algo- dijo él. Entonces, algo en mí acabó por romperse del todo. No quiero redecorar esta maldita casa, lo que quiero es redecorar mi vida y cambiarte por alguien que merezca la pena- escupí.

El silencio inundó la habitación. Su cara pasó de la confusión a la indiferencia, como quien ve a una niña enfadada y espera a que se le pase el berrinche. Ni siquiera era capaz de tomarme en serio. No escuchaba una maldita palabra de lo que decía. Entonces, salí de aquel infierno concentrado en unos cuantos metros cuadrados, dando el mayor portazo posible, y sabiendo que no volvería a poner un pie en aquel zulo lleno de trastos, todos ellos inservibles.

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