Entre pantallas y cigarrones

nacho mirás ENVIADO ESPECIAL

SOCIEDAD

La rivalidad carnavalera entre Xinzo de Limia y Verín beneficia a quienes participan de sus fiestas

09 mar 2011 . Actualizado a las 06:00 h.

«Un cigarrón no se disfraza, se viste». Es difícil encontrar un torero que se ponga de luces con más solemnidad que Quique Moreno transformándose de cigarrón. Toledano de nacimiento, con raíces en Vilardevós, el año de espera que pasa entre carnaval y carnaval se le hace eterno. Por eso toca desquitarse. Quique representa el entroido verinés auténtico, el que lucha por sobrevivir a la globalización que imponen la samba y las caretas chinas.

Mientras se viste, a treinta kilómetros, en Xinzo de Limia, la sesión vermú se alarga en la plaza mayor. El meco cuelga a cuatro metros de altura y debajo le bailan pasodobles. «O que ten o entroido de Xinzo é que é moi participativo», dice Jesús Casal. En su familia, evidentemente, no hay cigarróns. En Xinzo de Limia hay pantallas, que son diferentes, mucho, en aspecto y en funciones.

Mientras que los cigarróns de Verín arrean latigazos, las pantallas de Xinzo son, si cabe, menos ofensivas. La misión de los segundos es coger a aquel que se atreva en un día como el de ayer a salir sin disfrazar, levantarlo por el aire y hacerle pagar una ronda a modo de impuesto.

Los trajes de cigarrones y pantallas son muy diferentes. Los de Xinzo visten -como Quique, tampoco se disfrazan- calzón blanco, camisa blanca, una capa con cintas, una faja, polainas y un cinturón de campanillas, unas veinticuatro para un adulto. La pantalla está hecha a partir de un sombrero de fieltro y un caperuzo de cartón recubierto con capas de engrudo. Nada que ver en su expresión con la risita cínica e inquietante de las caretas de los cigarrones.

Quique Moreno sabe que, cuando termine de vestirse, durante cinco horas dejará de ser él mismo para convertirse en un personaje igual de temido que de querido y respetado. Solo quien sepa que su máscara va decorada con la figura de un gallo sabrá quién es el que está detrás. «El peliqueiro, el cigarrón, el felo o el zarramanculleiro son el mismo personaje», explica mientras se viste con la ayuda de Sonia. Primero, ropa interior blanca. Pantis verdes, medias blancas, ligas, camisa blanca pantalón rematado con las clásicas lanas, una primera faja blanca, una segunda faja verde, el cinturón cargado en la parte de la espalda como una canana de cencerros, las chocas... Chaquetilla, máscara, látigo... Más de veinte kilos de equipo. «Pero lo importante no es el traje, es saber llevarlo», aclara.

Cuando está a punto de salir de casa, en Xinzo, a treinta kilómetros, las pantallas siguen animando la larga sesión vermú, haciendo sonar por pares enormes vejigas infladas. Los de A Limia defienden lo suyo y los de Verín hacen lo propio. Aunque, con la boca pequeña, reconocen mutuamente los méritos del contrario, la participación en el caso de Xinzo, lo vistoso del desfile en Verín. Lo bueno que tiene que las fiestas sean diferentes es que, estando tan cerca, se pueden vivir las dos y no morir en el intento. El licor café y la gente son igual de buenos en ambas partes. ¿Quién dijo rivalidad?