Con la caña a la otra punta del globo

A 14.000 kilómetros de su Vigo natal, Enrique Alonso es el cooperante gallego más alejado de su tierra. En Timor Oriental coordina un proyecto alimentario de la FAO


redacción/la voz.

Cuando alguien quiere irse al terreno como cooperante, raramente opta por Asia. Y menos para iniciarse, especialmente si es en un joven país como Timor Oriental en el que todo, o casi todo, está por hacer. «Yo tenía muchas ganas de hacer trabajo de campo fuera de España, así que me vine en cuanto tuve ocasión, cuando surgió la opción de unirme a este proyecto no me lo pensé», dice Enrique Alonso. Hoy es el gallego más alejado de su tierra vinculado a la ayuda al desarrollo.

Llegó a este punto en sudeste asiático hace poco más de un año, vinculado a la asociación ALGA de investigación antropológica. Allí se enganchó a un proyecto de la FAO, la agencia de Naciones Unidas para la alimentación, vinculado a la mejora de la pesca y de la seguridad en el mar, un tema que le apasiona. Tanto que, cuenta, quizá vuelva a Galicia: «Para comprarme una chalana y pescar con unos trasmallos, como muchos de mis colegas de Laxe».

En Timor, relata, la situación es de «tensa calma». Tras la dictadura, «las heridas están aún muy recientes, las instituciones del Estado están en proceso de construcción y las infraestructuras, aún muy dañadas por el conflicto tras la independencia». El saneamiento, las carreteras y la electricidad están aún en pañales.

Enrique se encuentra al frente de un plan (Regional Fisheries Livelihoods Programme for South and South East Asia) de la FAO en Timor Oriental que también llega a Sri Lanka, Indonesia, Filipinas, Vietnam y Camboya. Su actividad se centra en mejorar la seguridad marítima, introducir la cadena de frío en el sector de bajura y ofrecer nuevas prácticas para el tratamiento del producto entre pescadores, vendedores... «En un país tropical como este, el pescado se deteriora con bastante más rapidez que en Galicia y no disponen de hielo, y es complicado llevarlo por las carreteras, donde además hay derrumbes con frecuencia», pone como ejemplo de los problemas que tiene un sector, el de la pesca, que resulta fundamental para la economía de ese país.

«Introducir la cadena de frío es esencial, si no el pescado pierde sus propiedades en pocas horas y se producen intoxicaciones por malas prácticas tan comunes como rociar el pescado con espray para las moscas para evitar que estas se posen en la principal fuente de ingresos de una familia». Uno de los pasos que ahora estudian es cómo incorporar algo tan conocido como el salazón, la conserva, el ahumado... «Aquí la pesca es una fuente de nutrientes esenciales, aporta proteínas, vitaminas y minerales a la dieta, e incluso las familias de pescadores aprovechan entre las diferentes mareas para proveerse de calcio».

Y en todos estos procesos «las mujeres juegan un papel esencial, y por ello la perspectiva de género es transversal en todo el proyecto», relata.

Junto a la mejora del producto, otro pilar del proyecto es la mejora de la seguridad en el mar en un territorio en el que la flota la conforman pequeñas y frágiles canoas. «Las cosas van poco a poco, pero avanzamos». Dice que su principal orgullo cuando salga será «conseguir que lo que hagamos permanezca». «Es -finaliza- una satisfacción diferida» en un país en el que, por tradición, apenas se usa algo parecido al agradecimiento.

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