Enrique VIII: el cisma continúa

Imanol Allende

SOCIEDAD

Las reformas que introdujo, entre ellas ?la anexión de Gales, han marcado la historia moderna del reino

21 abr 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

Los ingleses viven estas semanas con fervor el 500.º aniversario de la coronación de uno de los monarcas que más marcaron la trayectoria política y religiosa de la Inglaterra actual, Enrique VIII. Nadie puede negar que las reformas a las que condujo este hombre considerado como «culto, atleta e inteligente» por sus contemporáneos marcaron los siguientes cinco siglos de la vida británica. Si en un principio de su reinado Enrique VIII empleó su brillantez contra la reforma protestante lanzada por Lutero en 1520, mostrándose un enérgico defensor de la fe católica, esta relación cordial con Roma cambiaría a raíz del conflicto desatado con la Iglesia por el problema sucesorio. El primer matrimonio del rey con la viuda de su hermano, Catalina de Aragón, no le había dado herederos varones, por lo que Enrique VIII pidió la anulación del matrimonio al Papa, quien la negó, por lo que Enrique VIII decidió romper con Roma y crear la Iglesia anglicana. También exigió la disolución de los monasterios, y unificó Inglaterra y Gales. Esta celebración ha valido para que hayan visto la luz diversos trabajos sobre la figura de este rey. Uno apunta a que en sus últimos años de vida regresó a la fe católica, la misma que persiguió durante años. Otro más sugerente confirma que Enrique VIII también tuvo su annus horribilis, lo que lo llevó de ser un hombre afable y atleta a convertirse en un tirano gordo a quien nadie podía soportar sus constantes cambios de humor, y capaz de mandar al patíbulo a una de sus mujeres, Ana Bolena. Si para la reina Isabel II su año negro fue 1992, para Enrique VIII fue 1536, según Suzannah Lipscom, profesora de Oxford, un año en el que Enrique VIII sufrió una grave caída de caballo, la supuesta infidelidad de Bolena con cuatro hombres, incluido su hermano, la muerte de un hijo ilegítimo al que amaba, una rebelión y el hecho de cumplir 45 años, considerados como la frontera de la tercera edad en aquellos tiempos.