Inconvenientes

SOCIEDAD

EL CARNÉ por puntos es toda una chistera llena de sorpresas. Desde que la DGT puso en marcha su iniciativa, nuestra vida ha cambiado. Corremos menos, bebemos menos, hablamos menos por el móvil, cogemos más el taxi, salimos menos a cenar... La amenaza de que nos trinquen en la clandestinidad del código de circulación va revolucionando las costumbres y cerrando y abriendo nuevos negocios. Los restaurantes sirven menos vino y algunos contratan servicios para transportar clientes reacios a guiar los maridajes de sus comidas por la tabla de puntos en vez de hacerlo con la guía de gourmets. Los taxis hacen carreras más largas las noches del fin de semana y el alcoholímetro personal se convierte en el regalo estrella durante las Navidades, con lo que alguien estará haciendo un buen negocio. ¿Y los hoteles? ¿qué pasa con toda esa gente que el fin de semana usa su coche, no sólo para desplazarse a las zonas de copas, sino también para asegurarse un nidito de amor en algún mirador natural? ¿Se está convirtiendo en algo incompatible beber unas copas e intentar culminar en el coche? ¿Se desplaza toda esa carga de amor impetuoso a otros negocios de hostelería, estando el tema de la vivienda como está? ¿Sólo los abstemios disfrutarán de la experiencia vividas por varias generaciones de seducir a alguien con un volante a la izquierda y un cambio de marchas en el medio? Lo dicho, los puntos están variando nuestra estructura social más de lo que se creía. Y, si se piensa en profundidad, verán que no todo es tan positivo como parecía al principio.