¿QUÉ PASARÍA si el jerarca máximo de la religión islámica (si es que lo hay) se refiriera a los episodios más negros y crueles del catolicismo en un discurso en alguna universidad, pongamos por caso, egipcia? ¿Qué creen que ocurriría si algún periódico malayo publicara una serie de caricaturas más o menos peyorativas de Jesucristo realizadas por dibujantes cristianos? ¿Se imaginan a un grupo de centenares de toledanos quemando una efigie de cartón de un ulema; o una manifestación de florentinos enfurecidos con pancartas pidiendo la caída del islam? ¿Les cabe en la cabeza que el presidente de Francia llamara a consultas a su embajador en Irak por una crisis religiosa motivada por un episodio similar? ¿O que el parlamento polaco tomara una resolución pidiendo disculpas a un imán? Son preguntas que se nos antojan absurdas. ¿Por qué? Porque afortunadamente en Occidente esas cosas no pasan. ¿Y por qué no pasan? Porque hemos aprendido a relativizar eso tan intangible que llamamos religión, a superar dogmas de fe apoyados en nada, a pensar por nosotros mismos y a buscar la verdad por métodos palpables, demostrables y humanos. Ya sé que esta es una teoría optimista en los tiempos de Bush, pero no olviden que a Bush le interesa mucho más el poder y el dinero que la pureza religiosa. Nuestra capacidad de hacernos preguntas, de ser relativos, individuales, terrenales, críticos y descreídos nos hace ver con estupor episodios como el desatado a causa de las palabras de Benedicto XVI, un líder que, por cierto, está contra el relativismo y el descreimiento.