EL CHAVAL quería una moto. Y un buen homenaje en Punta Cana. Hasta ahí, todo correcto. ¿Quién no quiere irse de vacaciones o un medio de locomoción? Y al joven, de veinte primaveras, se le debió ocurrir que lo bueno, lo rápido, era pedirle el dinero a su padre. Unos 10.000 euros para no ir ahogado. Pero seguro que la cosa, por las buenas, iba a estar complicada. Por eso, me imagino, discurriría que lo mejor era simular un rapto. Tras buscar voluntarios en Internet para que lo secuestrasen y poder pedir la pasta, al final todo quedó en casa. Fueron su novia y dos amigas las que le echaron una mano y lo ocultaron. Al final, claro, todo se fue al garete. No hizo falta que Grisom y sus sabuesos del CSI se hicieran cargo del caso. Pero sí desplegar una unidad de la policía nacional y dos agentes especializados desplazados desde Madrid. La película no sale de un guión de Tarantino. Es de verdad de la buena. Pasó en A Coruña y lo contó ayer La Voz. Una simulación de rapto en toda regla, con amenazas de muerte incluidas y una familia pasándolas negras. ¿Les extraña? A mí no demasiado. ¿No hay televisivos zoológicos humanos en los que los chavales entran diciendo que su gran proyecto vital es no dar palo al agua? ¿No se creen que pueden lograrlo? ¿No lo consiguen una temporada aunque sea a base de hacer el tonto? ¿Y ese triste espectáculo -y otros similares­­­­­- no lo seguimos millones de personas? No digo que haya relación directa entre una cosa y otra. Qué va. Sería una generalización frívola y absurda. Sólo digo que a mí no me extraña. Nada.