CATORCE veces al año los españoles nos ponemos moña. De media, claro, porque hay quien no perdona la curda semanal y quien ha retirado el alcohol hasta del botiquín, pero como se trata de hacer estadísticas y de medir la tendencia etílica del país pues nos valen las catorce melopeas anuales antes referidas. El dato en sí deja más bien indiferente, pero adquiere su verdadera dimensión cuando se compara con otros -suele pasar-. Y esos otros son en este caso los británicos que, en lugar de catorce, andan por las veintiocho tajadas al año. La estadística viene aquí al encuentro con el mito. Y con la experiencia. Un joven gallego estudiante de arte residía en Londres hace un quinquenio. En pleno fragor creativo, echó de menos un sencillo bote de alcohol de 90 para avanzar en la inspiración. Se lanzó a la calle y entró en una farmacia. Pidió su frasco de alcohol. El boticario rezongó. «No hay», confirmó. Segunda farmacia; idéntica situación. Desalentado, cruzó por fin el umbral de una tercera y en cuanto el mancebo refunfuñó de manera similar a sus colegas el joven inquirió, al fin. «¿Pero qué pasa con el alcohol en Londres?». «Las autoridades lo han retirado de las farmacias porque la gente se lo bebía». Era más barato que el gin tonic, claro. La aclaración del farmacéutico al perplejo estudiante de arte, auténtica carne de botellón en España, coincide con otra leyenda que aproxima el mito a Marín. Hace unos años, coincidiendo con la visita de buques de bandera británica, las existencias de colonia a granel se agotaban en las droguerías del pueblo. La explicación la tenía el farmacéutico londinense.