UN grupo feminista francés bautizado con el sutil apelativo de Las perras guardianas ha emprendido una cruzada para eliminar del diccionario la acepción mademoiselle y generalizar como uso único madame . La iniciativa tiene su enjundia, pues las mujeres del país vecino deben elegir entre uno u otro término cuando, por ejemplo, hacen la declaración de la renta. Es un sistema que permite averiguar sin preguntarlo si la señora en cuestión está soltera o casada, circunstancia que al parecer sigue siendo importante para determinar la solvencia -¿económica, moral?- de una persona, quiero decir, de una mujer. Incluso en Francia. Las susodichas perras tienen un referente: Canadá. En su región francófona si alguien osa referirse a una mujer como señorita la reacción a la que se arriesga es un bofetón de la interpelada. Las canadienses son todas muy señoras , que por algo ha habido una revolución feminista. En España se mantienen vigentes ambas acepciones, pero con un matiz. Mientras señorita lo define la RAE como «término de cortesía que se aplica a la mujer soltera», su masculino califica a un «joven acomodado y ocioso». Osea, que según la RAE un ente femenino no adquiere el título de señora hasta que un caballero la desposa, mientras que un ente masculino señorito viene a ser un pijo desorejado del que no importa si ha yacido con señora por la vía legal. Cosas de nuestra RAE, la misma que define huérfano así: «A quien se le han muerto el padre y la madre o uno de los dos, especialmente el padre». Pues claro.