HACE poco tuve la oportunidad de leer la reedición de Viajando con los Rolling Stones , una fabulosa crónica del tour que en 1972 protagonizó el mítico grupo por los Estados Unidos. Es cierto que el mundo aún estaba un poco de fiesta celebrando el 68 pero, desde luego, los Rolling Stones cantaban lo que les daba la gana, igual que los periodistas lo contaban según les parecía. Treinta y cuatro años después, los Stones siguen siendo tan avariciosos como en 1972, pero ahora ya están dispuestos a recoger el dinero de cualquier sitio, incluso de los meapilas que les bajan el volumen para que la palabra eyacular no se oiga en el estadio. Como si la eyaculación fuera una vergüenza, un secreto o un insulto. Así de bobos nos estamos volviendo. Claro que la miseria de los Rolling Stones no es sino una pequeña anécdota en esta acelerada pérdida de libertad que vivimos. Es un clásico del poder, de cualquier poder, intentar atarnos corto, aunque nuestra obligación, de la que parece que hemos dimitido, tenía que ser intentar que no lo consiguieran. Gracias a esa tradición bendecida tras el 11-S de que cada atentando concluya con un nuevo afeitado a las libertades de todos, nos hemos conformado con hablar, reir y protestar cada vez menos, no vaya a ser que nos metamos en un problema. Eso sí, siempre nos quedarán los viejos discos de los Stones para recordarnos tal vez que ya acumulamos más de treinta años de involución.