Hollywood

J. C. ORTIZ

SOCIEDAD

08 feb 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

DICEN que la diferencia que hay entre los servicios de seguridad de los norteamericanos y los de los israelíes es que mientras los primeros se dejan ver, lo segundos, no. Con el cine de Hollywood y el español pasa algo similar. Todos los años con la matraca de que las películas norteamericano son intrínsecamente malas y reaccionarias, y que lo políticamente correcto es abogar por echarlas de las salas de cine europeas, y resulta que en la próxima edición de los Oscar competirán un realizador taiwanés reinventando el género del oeste con una historia de amor entre dos cawboys; un actor de rebajas como George Clooney que resulta que sabe dirigir y nos sumerge en la batalla de un periodista contra el senador MacCarthy; o el infantil de Spielberg equiparando arriesgadamente al terrorismo sionista con el palestino. Aquí en cambio, las pantallas patrias nos deleitan con esas historias megaprogres bendecidas por los críticos y asimiladas como puro veneno por el público. Al final, el mundo del cine se tiene que rendir, como ya lo hizo en la pasada gala de los Goya ante personajes como Pedro Masó, uno de los productores y directores más vilipendiados, responsable de que un filme español, La miel, se exhibiera casi cuatro meses en Broadway. Más o menos dentro de treinta años ocurrirá lo mismo con Santiago Segura y sus Torrentes. Sus excesos sirven mantener vivo ese arte consistente en llenar todas las tardes un patio de butacas. Hitchcock díxit­.