Muy okupados

SOCIEDAD

SU regreso del trabajo fue de lo más habitual. Atasco, bocinas, el depósito casi muerto... Rutina. Ni se dio cuenta de que había llegado a casa. Gran trabajo de las musarañas. Sombrerazo para ellas. Le aliviaron el trayecto. Hogar, dulce hogar. Las llaves hicieron el mismo ruido de siempre en la puerta. El felpudo, igual de descolocado. La luz del portal seguía fallando. Nada nuevo bajo el sol. Lo malo vino al cruzar el umbral. Sus ojos mutaron en dos platos planos. Un tipo que no conocía de nada se preparaba huevos estrellados en su cocina. Otro, que no había visto en su vida, se acurrucaba en su sofá. Sus discos se habían esfumado. Y sus fotos. Y su ropa. No quedaba ni el gato. Ni un triste miau. Todo era distinto. Aterrador. Su casa ya no era suya. Era de otros que se habían acomodado en ella. Así de simple. ¿Y él? Sólo le quedaba largarse. O aguardar, pero fuera, a que llegase una orden judicial. A ver si así podía pasar... A su salón. Pistolas en la cabeza de un alcalde, familias desalojadas con armas, puertas destrozadas a patadas... ¿Un guión para Stallone? No. Pasó en Granada. Muy cerca. ¿Y todos los bien pagaos que tendrían que frenar el desmadre? ¿Los que viven de eso? A saber. De puente. O demasiado okupados . Más grave que el problema es la falta de solución. La mofa. Veinte familias esperando a regresar a su domicilio. A su rutina. A su vida. ¿La incompetencia no tiene límite? De pena.